¿Cuál es la diferencia entre idioma y dialecto? ¿Qué tipo de tensiones políticas y culturales se dirimen en la hegemonía lingüística? Detrás de toda unificación lingüistica siempre hay fuerzas que buscan posicionar como menor otra(s) lengua(s), restringiéndola(s) al uso privado o, incluso, fomentando la vergüenza de su uso en las generaciones posteriores ¿Qué se esconde detrás de esa operación? ¿Cómo funciona en la sociedad la retórica de la unidad lingüística? En esta oportunidad Lucas Fiszman nos presenta esta problemática a través de su recorrido personal en el aprendizaje del Ídish.

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En el año 2007 conocí a una chica a la que le conté que estudiaba una lengua que no era muy común. Cuando le dije que era ídish, me respondió: “no, pero el ídish no es un idioma, es un dialecto”. Ante mi pregunta de cuál es la diferencia entre una lengua y un dialecto, ella intentó aclarar que “para ser una lengua tiene que tener escritura… gramática…. literatura… historia, y… alguna otra cosa más”. Cuatro años después, esa misma persona, ya mi amiga, vivía en Israel y me hospedó en su casa cuando yo participaba de un curso de ídish en la Universidad de Tel Aviv. En ese momento ella estaba fascinada por que estudiara ídish, a la vez que de a poco perdía cariño por el hebreo que empezara a aprender al inmigrar en 2008.

Ante este lugar común de diferenciar en categorías la variedad que hablamos, podemos preguntarnos qué es un idioma, qué es una lengua. ¿Por qué alguien puede hablar una lengua mientras otros hablan apenas un “dialecto”? ¿Qué sabemos sobre la lengua? ¿Por qué cuando en una búsqueda laboral se pide una secretaria administrativa bilingüe —casi nunca un secretario— todos entendemos que se espera que pueda hablar en inglés y no nos importa si es competente en guaraní o quichua santiagueño? ¿Qué es lo que se nos está representando sobre lo que es una lengua? A través del análisis de algunas características del ídish y su uso, intentaremos reflexionar sobre un problemáticas que atraviesan a muchas otras lenguas.

Habla, lengua, idioma, lenguaje, dialecto…

Los seres humanos hablamos, y no hay fecha de inicio para esa práctica. Diferentes investigadores, como Franz Boas (antropólogo), Noam Chomsky (generativista) o Steven Pinker (psicolingüista), entre muchísimos, estipulan diferentes fechas para el inicio de esta habilidad. Pero sea cual sea la fecha de inicio (¿60.000 años atrás? ¿100.000? ¿150.000?), los humanos hablamos desde mucho tiempo antes de que a alguien se le ocurriera ponerle nombre a esta habilidad, e incluso antes de ponerle nombre al idioma propio frente a los ajenos. Y como señala Joshua Fishman, uno de los pioneros de la sociología del lenguaje,  siempre se conocieron diferentes formas de expresarse, no solo por contraste frente a otra comunidad sino dentro de una misma comunidad.

La determinación de qué etiqueta le ponemos (lengua, idioma, dialecto, jerga u otras) es meramente política: hablamos, desde siempre, y cómo se denomine a lo que hablamos, qué forma se privilegia y qué forma se condena no depende de aquello que decimos sino de la evaluación que se hace sobre lo que decimos.

Con esto presente, delinear el desarrollo del ídish, al igual que ocurre con muchas otras lenguas minorizadas,[1] nos hace pensar inmediatamente en cómo se entrecruzan políticas y representaciones lingüísticas: es decir, cómo se entrecruzan decisiones que fueron tomadas a lo largo de los años con lo que se piensa sobre la lengua, tanto desde adentro —es decir, por parte de sus hablantes—, como desde afuera.[2]

Ídish, irish, judío, hebreo, judeoalemán, yargón, vaybertaytsh, mame-loshn…

Los nombres de las lenguas muchas veces no son fijos: por ejemplo, nosotros mismos variamos y dudamos entre español y castellano. El ídish se consolidó como nombre solo tras contar con muchas otras denominaciones a lo largo de la historia, denominaciones dadas tanto desde adentro de la comunidad de habla [3] como desde afuera.

Lo primero que hay que aclarar es que el ídish no es el irish (es decir, el irlandés, una lengua celta). Es, en cambio, la lengua hablada por la mayoría de la población judía de Europa Oriental hasta la Segunda Guerra Mundial.[4] Desde ese momento, comenzó un proceso de retracción de la lengua, es decir, un descenso sostenido del número de hablantes: hace ochenta años había doce millones de hablantes de ídish en todo el mundo; hoy, según algunas aproximaciones, solo un millón.

Uno de los nombres para esta lengua que más perduró (y aún podemos encontrárnoslo) fue judeoalemán. En el nombre se puede ver por un lado la exhibición de características de la lengua, y por otro lado un tipo de representación sobre esta: la lengua efectivamente se parece al alemán, y es hablada mayoritariamente por judíos. Sin embargo, la elección de “alemán” como núcleo implica una perspectiva divergente: la referencia, el punto de origen y el ideal es el alemán, mientras que el prefijo judeo- implica una variación, una divergencia (por lo general degradante o poco prestigiosa) con respecto a un modelo deseado.

Otra de las denominaciones para la lengua fue ivre-taytsh: la combinación de ivre —‘hebreo’—  y taytsh —cognado de Deutsch, el término alemán para referirse a su lengua y que originalmente significa ‘gente’—. Este nombre exhibe, por su parte, la presencia en la lengua de un número elevado de términos de origen semítico (hebreo y arameo). Las comunidades hablantes de ídish conservaban el estudio del hebreo y el arameo para poder acceder a las fuentes y para usarlos como lenguas de élite (especialmente por parte de hombres), por lo que muchos términos semíticos (tanto de la esfera religiosa como de la secular) fueron incorporados a lo largo de siglos.

Por su parte, el término francés jargón (‘jerga’) comenzó a ser utilizado en el marco del Iluminismo judío, a fines del siglo XVIII en Alemania, a modo de desprecio, con el objetivo de desacreditar esa forma de hablar: en contraste con una lengua legitimada como el alemán, caracterizaban al ídish como una acumulación de términos de diferentes orígenes (además del componente germánico y el semítico, la lengua comenzó a incorporar elementos eslavos desde el siglo XIII como consecuencia de las migraciones hacia Europa oriental). Lejos de conseguir despertar desprecio entre sus hablantes, parte de estos optaron por una apropiación simbólica del término para reivindicarse como hablantes de una lengua, sin importar que ese término fuera originalmente un intento de desacreditación (algo similar a lo que ocurrió con el patois jamaiquino o con el tok pisin  en Papúa Nueva Guinea).

Los últimos nombres que entrarán aquí en consideración son, al igual que ivre-taytsh, términos nativos y que refieren a la feminización de la lengua: vaybertaytsh (‘taytsh de las mujeres’) y mame-loshn (‘lengua de la madre’). Durante siglos, entre los mismos hablantes existió la perspectiva de que el ídish era solo una forma de comunicación para el hogar y para asuntos poco relevantes frente a aquellos que revestían algún tipo de importancia y que eran desempeñados casi exclusivamente por hombres. Por estas razones, los primeros textos publicados en ídish están orientados a lectoras, en muchos casos por la temática (como por ejemplo rezos o instrucciones del comportamiento de la mujer) y en otros casos en forma explícita desde el título. La asociación de lo femenino con una población inferior también está marcada en ciertos textos dedicados “a mujeres y a hombres que se comportan como mujeres”.

Quizás pueda resultar sorprendente, pero el nombre ídish, que fue finalmente establecido e incorporado en diferentes idiomas (yiddish en inglés, Jiddisch en alemán, jidysz en polaco) [5] es un nombre de legitimación reciente, de fines del siglo XIX, y es un adjetivo que significa simplemente ‘judío’. Su expansión coincide, además, con la reivindicación de la lengua por sectores seculares ante el avance de los movimientos obreros en Europa oriental y la emigración de la trabajadores judíos desde esta zona (principalmente a América, Europa occidental, Sudáfrica y Australia), lo que dio una fuerte vinculación de esta lengua con la izquierda.

Dejá el ídish atrás

En el año 2010 estaba hablando en ídish con una amiga en la Feria del Libro de Buenos Aires. Dos hombres de aproximadamente setenta años se nos acercaron, sorprendidos, y empezaron a hablarnos. Uno de ellos quería contarnos sobre su vínculo con el ídish y desde cuándo no hablaba. El otro, ofuscado, nos criticó por estar hablando en ídish. La crítica era que no teníamos por qué hablar en ídish, y que en todo caso teníamos que hablar en hebreo… ¡pero dijo todo en ídish!

Su crítica tenía un aparato que lo sustentaba: mientras que el hebreo obtuvo el estatus de lengua oficial en el Estado de Israel desde su fundación en 1948, nuestra decisión de hablar en ídish se basaba únicamente en nuestro deseo y en algo que él consideraba una provocación. Desde 1948, los diferentes gobiernos israelíes sostuvieron una política de proscripción del ídish (que en 1948 era la lengua materna de la mayoría de sus ciudadanos). Y esta búsqueda de retroceso y abandono de la lengua fue replicada (en mayor o menor medida) en escuelas e instituciones comunitarias judías de todo el mundo. Así, en las escuelas judías argentinas el ídish fue relegándose a grados cada vez más bajos, mientras que en los grados superiores se introducía el hebreo como la lengua moderna y renovadora.

Estas decisiones se sostenían además sobre una representación lingüística que intentaba imponerse: asociar al ídish con el pasado, con un pasado vergonzoso, diaspórico, desterrado y de opresión, que no era funcional al modelo de un Estado que se presentaba, por un lado, como moderno y, por otro lado, como continuador de un pasado bíblico glorificado. En ese contexto, el hebreo (una lengua hasta entonces relegada al mundo religioso) empezó a ser representada como joven, vigorosa y moderna. En los hechos prácticos la asociación llegaba incluso con la conformación los equipos docentes: en las décadas del sesenta y del setenta, en las escuelas de la red judía local el ídish era enseñado por personas mayores, extemporáneas, mientras que para la enseñanza de hebreo se optaba por una nueva camada de docentes, a veces incluso jóvenes israelíes que acababan de terminar su servicio militar y podían matizar sus clases con anécdotas que presentaban como heroicas. El ídish fue desapareciendo progresivamente de la educación, y en los noventa dejó de enseñarse definitivamente en las escuelas.

El ídish está atrás y está acá

Uri cumplió trece años en 2016. Conozco a su papá, una persona que tiene unos quince años más que yo y, si bien aprendió hebreo y hasta realizó parte de sus estudios universitarios en Israel, también es competente en ídish. Para su bar mitzvá decidieron armar un video en el que Uri, tras un golpe en la cabeza, solo puede hablar en ídish, lo que le impide comunicarse con su mamá, su hermano y sus amigos, pero no con el resto de los mayores (su padre, el médico, su director técnico), que funcionan a veces como intérpretes. Finalmente, Uri, en ídish, desarrolla un plan para volver a hablar en español. Una vez “recuperado” de lo que llega a considerar una “pesadilla” , se pregunta por qué pasó a hablar en ídish si él no lo hablaba. Y la respuesta la encuentra en la historia familiar: el corte abrupto se ve en el hecho de que en apenas una generación la lengua dejó de transmitirse de padres a hijos, pero ante este rito de pasaje que lo vincula con toda su pasado, una historia que se desarrolló en ídish, este vuelve a surgir. Y si bien la mayoría de quienes concurren a la fiesta hablan en español, la invitación final sí se da en ídish (con subtítulos).

En el Uri final se logra ver cómo el complemento de ídish y español es una parte constituyente de su identidad, y además lo es de un modo sin conflictos: lo patológico, lo presentado como una “pesadilla”, es el monolingüismo ídish, y no su bilingüismo. La exaltación del monolingüismo responde a un modelo meramente occidental, en el que los Estados modernos buscan una legitimación a través de la asociación un territorio-un pueblo-una lengua, a veces con argumentos pseudocientíficos aparentemente inocentes y protectores (“el bilingüismo puede crearle confusión en su educación”), a veces con programas violentos de persecución de otras lenguas (por ejemplo, lo que ocurrió durante el franquismo con las lenguas de España distintas al castellano).

Es tarea nuestra preguntarnos en qué momento (y por qué) nos volvemos nosotros mismos reproductores de esas políticas que buscan la eliminación de la diversidad cultural.

6 de julio

Tengo treinta y cinco años y estoy leyendo un texto en ídish. Un chico de diecisiete años se me acerca y me pregunta qué estoy haciendo. Se sorprende de que lea en ídish, una lengua que aman sus abuelos y de la que él utiliza algunas palabras, aunque le gustaría saber más. Me cuenta que con sus primos tienen un día especial para su abuelo: el 6 de julio festejan junto al zeyde Julio.

Según me dice, su abuelo fundó hace varias décadas una escuela comunitaria en la que no se enseñaba ídish sino hebreo, una escuela a la que fueron sus propios hijos. Y si bien los nietos de Julio también van a una escuela en la que aprenden hebreo, su vínculo ya no es el mismo: ahora ellos ven como personas añejas y aburridas a sus docentes de hebreo, y dentro del ámbito escolar sienten mucho más interés por el inglés.

La inversión del interés por esa “otra” lengua se vincula también con el papel y la función de esa lengua: hasta la década del cuarenta, el ídish funcionó como una lengua franca para los judíos ashkenazíes (originarios de Europa oriental), es decir, una lengua que permite la comunicación y el vínculo entre poblaciones diferentes y distantes. Una frase repetida hasta el cansancio sostenía que con el ídish se podía viajar a cualquier parte del mundo porque siempre se encontraría a alguien que lo hablara. Es decir, era posible encontrar en cualquier parte del mundo personas competentes en ídish y en la lengua local. El refrán se sostiene en dos representaciones: por un lado, la migración generalizada de la población judía y, por otro lado, la conservación del ídish junto a la competencia en la lengua vernácula.

La oficialización del hebreo como lengua del Estado de Israel estuvo acompañada de una propaganda y políticas feroces: el ídish, que como su nombre lo indica significa ‘judío’ (un término frecuentemente utilizado como insulto), sería la lengua de un pasado vergonzoso, olvidable, mientras que el hebreo estaba destinado a ser la lengua del hombre nuevo: el leit motiv en hebreo era “Ivrí, daber ivrit”: “[Hombre] hebreo, hablá [lengua] hebrea”.

De este modo, la fundación y la consolidación del Estado de Israel reprodujeron los mecanismos que ya se habían aplicado en los procesos de creación de los Estados nacionales modernos europeos con la idealización del monolingüismo. El ídish, pese a ser la lengua de un porcentaje significativo de la población israelí, y la lengua materna de la mayor parte de la élite gobernante, pasó a estar en condiciones cercanas a las lenguas minorizadas. La pretensión de convertir al hebreo en una lengua franca incluyó así no solo la enseñanza de la lengua sino también la limitación de espacios para el uso del ídish: en las décadas del cuarenta y del cincuenta, los funcionarios israelíes que visitaban  comunidades judías de diferentes partes del mundo en busca de financiamiento y nuevos inmigrantes, hablaban en ídish. Sin embargo, cuando esos mismos funcionarios recibían en Israel a representantes de comunidades judías del exterior, se cuidaban de ocultar su competencia en ídish.[6]

Sin embargo, en el siglo XXI, el hebreo sufre la misma retracción en ámbitos escolares y comunitarios que experimentara el ídish. El avance sostenido del inglés como lengua franca a nivel mundial, junto al corrimiento del Estado de Israel como referencia ineludible para el judaísmo laico, llevan a una reducción progresiva de la enseñanza de hebreo frente al inglés, y a una percepción generalizada (y en muchos casos realista) de la pérdida de competencia en hebreo entre los egresados de la red escolar judía.

Este es el contexto en el que adolescentes y jóvenes comienzan a rechazar el hebreo como una lengua poco útil, poco atractiva, y asociada a un proyecto político que aparece cada vez más desdibujado y del que no tantos se sienten parte. Al mismo tiempo, para estas generaciones, el ídish dejó de cargar con las representaciones degradantes que experimentaron sus padres, probablemente porque no tuvieron que atravesarlas.

Retóricas de la desaparición

Estas experiencias dan un panorama de cómo la la búsqueda del desplazamiento de una lengua se puede enfrentar con nuevos tipos de aproximaciones a esta. En los últimos veinte años, a diferencia de lo que se podría haber proyectado, surgen a nivel mundial cada vez más espacios en los que aprender ídish, festivales de música, proliferan desarrollos tecnológicos para acercarse a la lengua (inclusive Google habilitó un teclado en ídish para Android, distinto al del hebreo), y nuevas generaciones empiezan a buscar en el ídish algo que intriga, atrae, aun cuando no se sepa bien qué es (yo mismo decidí hace diez años acercarme a la lengua que hablara un abuelo que falleció varios años antes de mi nacimiento y de la que solo había oído rumores), pero implica una conexión con una pertenencia cultural que no se explica por (ni se limita a) una nacionalidad ni una religión.[7]

En estas experiencias también queda evidenciado cómo no solo el discurso sino también las prácticas que ponderan la desaparición de una lengua, casi llevándola al status de una lengua patológica, son acompañadas a la vez por otro tipo de transmisión, no lineal, pero surge en el encuentro de personas mayores con dos treintañeros (sea para disfrutar o para criticar), tras un golpe en la cabeza que exterioriza algo oculto, o en jóvenes que se saltean una generación para vincularse con sus abuelos.

Notas

[1] Es decir, lenguas que se encuentran en condiciones de riesgo “no porque las hable un grupo reducido de gente, sino por los derechos sociales que éstas poseen, es decir, por su desigualdad y asimetría social frente a las lenguas mayoritarias” (Hecht y Messineo, 2015, 12).

[2] Sobre este tema, se recomienda leer también “Hacer políticas con las lenguas”,  http://www.codigoyfrontera.space/2017/08/27/hacer-politicas-con-la-lengua/

[3] Una comunidad de habla, a diferencia de una comunidad lingüística, es un grupo de personas que comparten pautas para comunicarse, más allá de compartir o no una variedad lingüística.

[4] Así como la definición de lengua o dialecto es política, del mismo modo lo es el establecimiento del nacimiento de una lengua. Como explicó Noam Chomsky en la conferencia que brindó en el Centro Cultural Paco Urondo el 13/3/2015, las lenguas cambian constantemente, no evolucionan cual pokemones, porque no se vuelven algo mejor o más sofisticado. No existió nunca la persona que se fuera a dormir con un “buenas noches” en latín y se despertara con un “buen día” en castellano o italiano

[5] Es llamativo, sin embargo, que en algunos idiomas la forma utilizada reviste cierto extrañamiento: en alemán se usa una forma con la combinación de grafemas <dd>, algo que no ocurre en otras palabras del idioma; en hebreo se utiliza la forma yidish, a pesar de que el resto de los idiomas tienen terminación en -it (germanit, polanit, rusit, etc.).

La Real Academia Española, aún hoy, propone la forma yidis, con la consideración de que la grafía <sh> no corresponde al español. Sin embargo, la forma <yi> en inicio de palabra tampoco es propia del español.

[6] Tras décadas de persecución contra el uso del ídish por los puristas del hebreo antes de 1948 (que llegaron a volar una imprenta o a boicotear el establecimiento de una cátedra de ídish en la Universidad Hebrea de Jerusalén, entre otras “proezas”), y por leyes restrictivas del Estado de Israel desde su fundación (como un impuesto a espectáculos en ídish), en 1996 el parlamento israelí estableció la Autoridad Nacional para la Cultura Ídish, con el objetivo de fomentar desarrollar y la continuidad de la cultura ídish.

[7] Esta revinculación también puede ser entendida junto a la decisión de muchos israelíes en los últimos años de recuperar los apellidos originales que sus padres o abuelos dejaran de lado al inmigrar y hebraizar sus apellidos.

 

Bibliografía

Boas, F. (1964) [1911], “La mentalidad del hombre primitivo y el progreso de la cultura”, en: Cuestiones Fundamentales de Antropología Cultural, Buenos Aires: Solar/Hachette.

Chinski, M. y L. Fiszman (2017). “‘A biblyotek vos felt’ [A library that is lacking]: Planning and Creating a New Library, Musterverk fun der yidisher literatur (Buenos Aires, 1957-1984)”, Journal of Jewish Identities 10(2), 135-153.

Chomsky, N. (2016), 60 años de gramática generativa. Pasado, presente y futuro de la teoría lingüística, Buenos Aires: EUFYL.

Fishman, Joshua (1988), Sociología del lenguaje, Madrid: Cátedra.

Messineo, C. y A.C. Hecht (ed.) (2015),  Lenguas indígenas y lenguas minorizadas. Estudios sobre la diversidad (socio)lingüística de la Argentina y países limítrofes. Buenos Aires: Eudeba.

Pinker, S. (2012) [1994], El instinto del lenguaje, Madrid: Alianza.

Skura, S. (1998), “Usos y representaciones de la lengua de origen en la construcción de la identidad socio-étnica. El ídish según sus semihablantes de Buenos Aires”, en Tesis de Licenciatura del Departamento de Ciencias Antropológicas 1, Buenos Aires: FFyL, UBA.

Skura, S. y L. Fiszman (2015), “Ídish en Argentina: ideologías lingüísticas, silenciamiento y transmisión”. En: Messineo, C. y A.C. Hecht (ed.) (2015).

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