Cuando pensamos en Japón tenemos una serie de ideas que ya funcionan como estereotipos de “lo oriental” y, en muchos casos, especificamente de “lo japonés”: lo freaka, la disciplina, el sacrificio, el honor, la adaptación más plena al capitalismo, etc. Pero ¿Es eso “lo japonés”? ¿Cómo llegamos a esas conclusiones? ¿Son realmente nuestras conclusiones o forman parte de una estrategia muy sutil que nosotros aún no hemos advertido? Desde el país del sol naciente, Matías Chiappe, especialista en estudios orientales, nos presenta un análisis de ese fenómeno conocido como Cool Japan.

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“Puedo entenderlos, por el sencillo hecho de que intercambian dinero

por ese gigantesco montón de manzanas”.

–Ryuk, en Death Note

 

En una escena de la reciente y épica y aburridísima película de Scorsese, Silencio (2016), los habitantes de lo que hasta entonces no era todavía un Japón unificado rodean desesperadamente a unos misioneros jesuitas que les reparten todo tipo de parafernalia cristiana: crucifijos, estampas, medallas grabadas y collares sagrados. La escena me pareció magistral, antes que nada, porque me transportó al Japón contemporáneo, donde existe también un pasamanos constante de productos de todo tipo: tickets de comida, llaves para las cabinas de karaoke, latas de máquinas expendedoras, peluches y collares kawaii, personajes miniaturizados, artefactos de lo más bizarros, productos masturbatorios de diversos tamaños, libros de manga, compilados de anime, bolitas de pachinko y pokemones más o menos virtuales. Al Japón, en dos palabras, del atragantamiento y del hiperconsumismo.

 

Algunas personas creen que esto salió de la nada o que los japoneses nacen con el gen del consumo. Otras vislumbraron en el consumismo japonés un ejemplo de la victoria del mercado por sobre toda ideología. Esto es, como una forma de la tesis hegeliana del “fin de la historia”, que tan famosa hizo a Francis Fukuyama. Pero vale aclarar que incluso una de las fuentes en que se basó Fukuyama, el filósofo y diplomático Alexandre Kojève, dijo que Japón era el único país en donde la historia todavía continuaba a pesar de todo, más allá de los puntos finales a las guerras y a la lucha de clases y a la sumisión al mercado. Después de un viaje a Japón que hizo en 1959, Kojève admitió haber cambiado su punto de vista previo (la equiparación de Japón con el capitalismo hiperconsumista) y definió lo que para él era “el esnobismo japonés”: la tendencia a separar las formas y los contenidos, la propensión a construir y a conservar valores arraigados en la absoluta formalidad. Esta particularidad nacional le habría permitido al sujeto japonés y a su acción sobrevivir al fin de la historia, frente a la animalización en que habrían caído, por ejemplo, los estadounidenses. Así, el consumismo en Japón se diferenciaría de otros precisamente por el énfasis de los japoneses en preservar dicha cultura de las formas.

 

Hay gente que, créase o no, se tomó en serio la idea de que la “formalidad japonesa” podía superar la hegemonía del sistema capitalista . No así el filósofo francés Jacques Derrida, quien lo calificó de una “naïveté sofisticada” (en Espectros de Marx); ni tampoco el italiano Giorgio Agamben, quien en cambio se refirió al “tono de farsa” de la definición (en Lo abierto: el hombre y el animal). Imagínense lo que dijeron los marxistas. Mi punto, sin embargo, tiene menos que ver con desacreditar una provocación de Kojève, que con destacar un procedimiento recurrente: el invocar a la «cultura japonesa» como un fenómeno estático y monolítico capaz de explicar hechos sociales e históricos de Japón, de su gente, de las relaciones internacionales que establecieron sus instituciones; el considerar que una cultura es lo suficientemente estable como para determinar y sostener una historia nacional, pero también La Historia y, todavía más, al FIN de esa Historia.

 

En realidad, esto no parecería ser más que otra forma del giro culturalista que se volvió moneda tan corriente en los estudios académicos de las últimas tres o cuatro décadas. Y, aun así, el consumismo japonés cuenta también con una explicación menos determinista. Japón es un país que cuenta con una larga tradición de protección de su mercado interno. Los misioneros de la peli de Scorsese, sin ir más lejos, terminaron todos crucificados en el mar o arrojados dentro de volcanes, entre tantas razones, porque el gobierno militar de la época había considerado a la religión cristiana como una amenaza comercial. Si nos limitamos a la actualidad, dentro de un contexto de restricción a las importaciones y de subsidios a la industria local, el actual partido gobernante elevó el impuesto al consumo del 5 al 8% en abril de 2014 y aplazó su suba al 10% el pasado abril de 2017, a la vez que propuso alcanzar el 15% para antes de 2020. Esto quizás sirva para proponer que la motivación del consumo es y ha sido en Japón una política de estado. Las publicidades gráficas que proliferan en todas las ciudades niponas, muchas de las cuales pueden encontrarse en baños públicos, en dibujos animados, en apuntes universitarios y en todas las aplicaciones para celular, son también muestra de la prioridad que tiene el consumo para las empresas japonesas. Pero adentremos ahora en algunas cuestiones que sucedieron en las décadas pasadas y que llevaron a la presente situación.

Negocio de juguetes vintage en Nakano Broadway.

En capítulos anteriores…

 

Volvamos a la historia que [SPOILER ALERT] todavía existe a pesar de quienes auguraron su fin o su detenimiento que antes mencionamos.

 

El modelo económico japonés fue mistificado desde la década del sesenta también con una serie de características intrínsecas a la «cultura japonesa», entendida ésta bajo unas pocas consigas estereotípicas: disciplina, responsabilidad, comunalismo, visión a-largo-plazo, entre otras formas de lo que Harumi Befu calificó un “excepcionalismo cultural” que sostiene un imaginario de nación. En realidad, son formas de esencialismo. Son parte de una serie de discursos llamados Nihonjinron (teorías sobre los japoneses), género que se volvió muy popular desde la Segunda Guerra Mundial y que abarca los más variados campos, desde la psicología hasta la antropología, pasando por las ciencias duras, la historia y la lingüística, siempre intentando definir qué hace a los japoneses únicos frente al resto de los mortales. Además de permear masivamente en los ámbitos académicos, el Estado buscó promover este tipo de publicaciones no sólo dentro de Japón sino hacia el mercado internacional; por ejemplo, a través de la financiación de traducciones de estos textos al inglés o a través de la creación de y el subsidio a instituciones como la Japan Foundation o el International Research Center for Japanese Studies (ambas en inglés dentro del país), con frecuencia criticadas por difundir una visión estereotipada de Japón, hecho que también destaca Befu.

 

Ahora bien, si nos alejamos de explicaciones de esta índole quizás podamos entender que el así llamado ‘Milagro Económico Japonés’ de las décadas del sesenta y setenta fue producto de cuestiones, eh, históricas: un alto nivel educativo, un aprovechamiento de las inversiones estadounidenses que siguieron a la Guerra de Corea (y que tenían el propósito de generar un polo anticomunista en Asia Pacífico), un proteccionismo altamente selectivo que jamás se detuvo, el manejo absoluto de la economía por parte de una oligarquía acomodada, la explotación laboral subsecuente, entre otras razones. Muchas de estas medidas, que se mantienen sin modificación alguna hasta el día de hoy, serían inaceptables en más de un país de Occidente (podríamos preguntarnos cuánto en la Argentina actual).

 

En esos años de rápido crecimiento económico, surgió en Japón la creencia de que era posible destronar a Estados Unidos en tanto líder mundial, una idea que Ezra Vogel inmortalizó en su best-seller: Japan as Number One (1979), un texto de enorme impacto y que se sigue leyendo entre los japoneses. Sin embargo, por ese entonces la economía del país había empezado a estancarse. Dos hechos confluyeron en esto: la Crisis del Petróleo de 1973 (Japón dependía del petróleo árabe) y el abandono del patrón monetario anclado en el oro para tomar en cambio una política de flotación del yen, también en 1973. Los japoneses continuaron trabajando con la misma disciplina y el mismo sentido de comunalismo y, muy probablemente, con la misma devoción a la naturaleza y a las estrellas y a las artes marciales; pero la base determina a la superestructura, pequeño saltamontes. Las consecuencias de estos dos hechos fue el congelamiento de la economía japonesa.

 

El golpe de gracia fue el estallido de la burbuja económica a fines de la década de los 80s, particularmente en el campo inmobiliario, que habría de sumir al país en una recesión de casi dos décadas. Así, según los historiadores económicos, los noventas fueron una “década perdida” para la economía japonesa: el PBI tuvo una baja nominal de un trillón de yenes, los salarios se redujeron en promedio un 5%, se acrecentó la precarización laboral y comenzó un largo proceso de deflación que impidió el crecimiento (entre otros factores que explica el abajo-mencionado Paul Krugman). Durante este período, el país habría mantenido su alto nivel de consumo gracias a un impresionante viento de cola de años anteriores. Y, aun así, fue una década que coincidió con un expansionismo en otro plano. Fueron los años anteriores a la explosiva difusión de Internet, pero había ya personas en todo el mundo que podían obtener bienes y productos que llegaban de Japón. Made in Japan pasó a ser un sello de calidad, un slogan, también inmortalizado en un libro: la autobiografía de Akio Morita, el co-fundador de Sony, quien decidió relatarnos su vida y la de su empresa siguiendo al pie de la letra los estereotipos del discurso Nihonjinron. Veamos qué sucedió desde entonces, luego de estas publicidades.

 

Cool Japan

 

¿Dónde encontramos en todo esto a la «cultura japonesa»? En los libros, en las embajadas, en el inconsciente colectivo y en la fantasía de viajeros y extranjeros, sí. Pero rara vez en la economía y en la política. Por lo menos hasta ahora. PLOT TWIST.

 

Japón tiene también una extensa tradición de reposicionamientos y fluctuaciones ante los vaivenes de la historia mundial, de lo cual la Restauración Meiji de 1868 sea quizás un ejemplo paradigmático. Dentro del contexto que hemos descrito, la industria creativa japonesa (que incluye a la industria cultural, pero también a la de producción de conocimiento) cobró una relativa importancia para el Estado. Si bien las primeras iniciativas para promover este mercado podemos rastrearlas en la administración de Noboru Takeshita entre 1987 y 1989, fue durante los noventas que se empezaron a subsidiar fuertemente las exportaciones de bienes culturales. Para el año 1997, el Ministerio de Correo, Telecomunicaciones e IT había establecido ya un comité encargado de exportar programas televisivos locales. En 2001, esto se transformó en una política nacional bajo el Ministerio de Economía, Comercio e Industria, que a la vez abarcó a toda la industria creativa. Las automotrices como Toyota, Renault-Nissan, Honda, entre otras, pero también empresas electrónicas como Sony, Casio o Panasonic, siguieron y siguen siendo las de primera línea y las más redituables a nivel mundial, incluso a pesar de la implacable competencia de coreanos, chinos y hongkoneses. Pero la multiplicación de comités o agencias gubernamentales como las antes mencionadas durante el siglo XXI, sumada a una inversión en el segmento de casi veinte billones de yenes, según datos oficiales, parecería indicar que los gobernantes del País del Sol Naciente se dieron cuenta que debían explotar también otras facetas de su producción local. Esto es, algo nuevo tenían que vender. Algo nuevo tenían que exportar. Porque no se mantiene, así como así, lo que el presidente Macri definió en su última gira por Asia como “una islita 70% roca”.

 

Surgió entonces el Cool Japan. Entendemos por esta última una estrategia política que se proponía ejercer una influencia en el mapa geopolítico mundial a través de una construcción identitaria de la industria cultural nipona. Lanzada oficialmente en 2002 por el Ministerio de Economía, Comercio e Industria, buscaba cambiar la imagen del país en el mundo y posicionarse (más bien, reposicionarse) como una superpotencia cultural. Es lo que suele llamarse soft-power: una forma de ejercer atracción y cooptación, no ya a través de la fuerza, sino a través de la persuasión. Siguiendo este lineamiento, Japón buscó alcanzar ese estatus de superpotencia de la industria cultural; buscó convertirse en un generador de contenidos y productos ante los cuales gritar desaforadamente: shut up and take my money.

 

Cool Japan es algo tan popular y, bueno, cool, que hay un programa televisivo con ese nombre, el cual se encarga de difundir particularidades de la cultura japonesa entre invitados extranjeros. Incluso suele ser usado en universidades para acercar a los estudiantes de intercambio a su maravilloso y nuevo país de residencia. Esta industria cultural ya era muy popular alrededor del mundo, sobre todo en el resto de Asia, pero Cool Japan vino a organizar el despliegue global. Hoy en día maneja volúmenes de más de cuatro trillones de yenes (más de treinta billones de dólares) dentro del mercado internacional, también siguiendo datos oficiales del Ministerio. La estrategia busca alcanzar los once trillones para 2020. A la vez, esto se debió a la industria creativa de prestación de servicios más que a la industria creativa de manufactura de productos, la cual en realidad decreció en la última década, según muestran Emiko Kakiuchi y Kiyoshi Takeuchi, a quienes se cita al final del presente ensayo.

 

Muchos sugieren, sin embargo, y con mucho más énfasis que estos dos autores, que esta estrategia Cool no fue tan fructífera como se esperaba y que, de hecho, está entrando en una etapa de decadencia. Pero hay un plano en que parece haber tenido resultados muy positivos. Hoy pensamos en Japón como una marca, con todas las características que lleva impresas: demencia, excentricidad, sobrecodificación, archi-mega cool y recontra pop. Llámeselo Nihonjinron o Cool Japan, estos estereotipos ya están instaurados. Se trata, una y otra vez, de la «cultura japonesa»; de reducir un país a unas pocas características, de pensar que Japón es totalmente distinto al resto del mundo; que estamos ante un reino exótico y místico, aunque detrás de todo haya una estrategia comercial. Porque hasta el consumismo es relativo. Cuando pensamos en ese Japón, estamos hablando de Tokio, de Osaka, a lo sumo de algunas pocas, grandes ciudades; dentro de éstas, a un todavía menor sector social. Agrego que uno camina por Tokio y hasta tiene la intuición de que quienes más consumen son los turistas. Y entonces la pregunta que surge es: ¿existe acaso otro Japón?

 

Negocio pura y exclusivamente de productos de pandas en Yokohama.

 

Escenas de los próximos capítulos

 

El incidente de la planta nuclear de Fukushima en 2011 puso al país entero en vilo, como lo demuestran las reacciones de la sociedad civil, que muy bien describió el documental Que nos escuche el Primer Ministro del doctor Eiji Oguma (2016). Más recientemente, las amenazas bélicas de Corea del Norte acercaron al Partido Liberal Demócrata gobernante al presidente estadounidense Donald Trump. Esto replanteó una disyuntiva que se venía gestando desde la década del noventa, en medio de tanto palabrerío anti-histórico: ¿debe modificarse la Constitución Nacional para remilitarizar al país? Desde la firma del Tratado de San Francisco durante la Posguerra, Japón sólo cuenta con unas limitadas Fuerzas de Autodefensa, dependiendo en cambio de bases militares estadounidenses, de las cuales existen casi noventa en todo el país. Le alquilan, por así decirlo, militares al Tío Sam. Tanto la cuestión militar como la ambiental generaron un descontento social importante, como lo evidencian las crecientes manifestaciones que surgieron en el ámbito estudiantil.

 

Por otro lado, surgen día a día debates y movilizaciones que prefiguran cambios de las estructuras sociales sobre: el reinante machismo, la inquietante xenofobia, el indetenible problema del envejecimiento de la población, las minorías étnicas y los crecientes casos de corrupción, el último de los cuales fue la venta de airbags defectuosos por parte de la empresa Takata. La población ha empezado a reconocer también el problema económico; a saber, la explotación laboral y la desigual distribución del ingreso. El índice de pobreza relativa alcanzó el 16% de entre los 34 países de la OECD, siendo además que Japón es uno de los pocos países en donde tener un trabajo estable no garantiza estar por encima de la mitad del ingreso promedio, lo cual determina el cálculo de dicho porcentaje. En base a estos problemas y a las reacciones por parte de la sociedad, alguien podría afirmar que, más que tratarse de un país de pensamiento homogéneo, el Japón actual se está transformando exactamente en lo contrario: en un ejemplo de cuán insostenible es esa idea de uniformidad.

 

Si existió en Japón un Estado militar que se preocupó por arrasar la disidencia durante la primera mitad del siglo XX, si existieron discursos que gestaron auto-estereotipos como lo fue el Nihonjinron, también surgen hoy una serie de costos socio-políticos como los antes mencionados que implicó el intentar mantener, ya entrado el siglo XXI, esa impostura, esa máscara fantasmagórica, si se quiere, ese fetichismo de nación unida por la fuerza de su propio esnobismo. ¿Qué esperar entonces? Cada vez mayores conflictos y diferencias sociales o, lo que es lo mismo, un gobierno cada vez más autoritario que intente controlar la situación interna. Las restricciones a la prensa que escalaron desde por lo menos 2013,  la controversial Ley Anti-Terrorista del presente año que califica como terrorismo a actos como la copia de archivos de música o la recolección de hongos en áreas protegidas, pero sobre todo, la victoria del oficialismo en las elecciones del pasado octubre (la cual le dio al Partido Liberal Demócrata el control de ambas cámaras legislativas junto a sus aliados), parecerían ser todos fenómenos que confirman el avance hacia un orden social cada vez más opresivo.

 

Una buena: el Cool Japan tuvo resultados muy positivos en el campo del turismo, sobre todo en vistas de las Olimpíadas de Tokio en 2020. Ésta es una buena noticia para países en los cuales un pasaje aéreo solía costar el doble de lo que cuesta hoy en día. ¿O se pensaban que la reciente llegada de tantos argentinos a Japón tenía que ver con avioncitos de origami? Esto no quita que las problemáticas concretas, reales e históricas sigan existiendo y multiplicándose. Por eso, quedará en manos de los nuevos investigadores sobre Japón el darles protagonismo más allá de todas las estrategias que intenten enmascararlos con discursos rimbombantes y unívocos. Por mi parte, yo empezaría por desconfiar de cualquiera que use académicamente las categorías esencialistas que mencionamos a lo largo del presente ensayo, pero sobre todo la de «cultura japonesa», algo poco específico para explicar un país cuya historia sigue siendo, como la de todo país, una serie de indetenibles confluencias.

Máquina expendedor para sacar un producto electrónico al azar (valor: 1000 yenes o unos 9 dólares

 

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A veces el problema reside en recurrir a lo conocido para explicar lo desconocido. Con Japón, yo diría que ésta es casi una constante metodológica. Por eso propongo una lista de textos que permitan profundizar en estas cuestiones, no sólo a aquellos interesados, sino también a desconocedores del tema. Quizás lo mejor sea escapar a marcos teóricos predeterminados para sumirse, en cambio y sin muchas vueltas, a la historiografía sobre Japón. Comparto una breve lista que incluye traducciones al inglés, por el momento lengua necesaria para entender ese país tan misterioso pero real, tan evanescente pero sólido, tan transformado por una historia inestable. Espero sea de utilidad. Nos queda pensar, finalmente, cuál es nuestro rol ya desde Latinoamérica o como latinoamericanos en las expansiones y retracciones de este imperio del consumo.

 

  • Befu, Harumi. 2001. Hegemony of homogeneity. Melbourne: Trans Pacific Press.
  • Craig, Timothy. 2015. Japan Pop! Inside the World of Japanese Popular Culture. Routledge: Nueva York.
  • Kakiuchi, Emiko & Takeuchi, Kiyoshi. 2014. “Creative industries: Reality and Potential in Japan”. GRIPS: Tokio.
  • Ingulsrud, John E. & Allen, Kate. 2010. Reading Japan Cool. Patterns of Manga Literacy and Discourse. Lexington: Lanham.
  • Iwabuchi, Koichi. 2009. Recentering Globalization: Popular Culture and Japanese Transnationalism. Duke University Press: Durham.
  • Krugman, Paul. 2009. The Return of Depression Economics and the Crisis of 2008. Nueva York: Norton Company Limited.
  • Oguma, Eiji. 2016. “A New Wave Against the Rock: New social movements in Japan since the Fukushima nuclear meltdown”. En The Asia-Pacific Journal. Volume 14, Issue 13, Number 2.
  • Ortiz, Renato. 2003. Lo próximo y lo distante. Japón y la modernidad-mundo. Interzona: Buenos Aires.
  • Smith, Patrick. 2011. Japan: A Reinterpretation. Vintage: Reino Unido.
  • Yoshimura, Noboru & Anderson, Philip. 2007. Inside the Kaisha. Demystifying Japanese Business Behavior. Harvard Press: Boston.

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