Luego de Guapa, ¿o por qué leer literatura árabe hoy?, Daniel Ismael Gómez nos presenta un nuevo artículo sobre la modernidad árabe a través de su literatura. Es difícil negar la potencia testimonial del arte, sobre todo de la literatura, en el cambio de las subjetividades de una sociedad. ¿Cuál fue el resultado del contacto de Medio Oriente con Europa? ¿Qué cambios produjo en el proceso de modernización árabe?

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En el artículo Guapa, ¿o por qué leer literatura árabe hoy?  hablamos del rol central de la novela en el entorno egipcio y, por extensión, en las letras árabes, además de mencionar que el modo ficcional predeterminado es el realismo. Aquí buscaremos justificar y extender estas dos premisas. Por esta razón realizaremos una breve exposición acerca del nahda, el llamado renacimiento árabe, y su rol en la transformación de la literatura, lo que explicará por qué se sostuvo que la novela realista es la forma por excelencia de la literatura egipcia (con sus sucesivas mutaciones) y cómo el discurso de la modernidad comienza a impregnar su entramado.

Puesto que el nahda fue un proceso complejo, es difícil situar su comienzo exacto. Suele hacerse a finales del siglo XVIII, específicamente en 1797, cuando la expedición de Napoleón llega a Egipto. Dentro de quienes no están de acuerdo del todo con dicha fecha se destaca el arabista Juan Vernet, quien presenta a nuestro entender unos argumentos que concilian, en lugar de rechazar por completo, el relato en torno al impacto de la llegada de Bonaparte:

“La literatura árabe a principios del siglo xix estaba anquilosada por completo (…) Un acontecimiento político, la llegada de Napoleón a Egipto (1797), pareció que iba a desvelarles y abrir las puertas a un renacimiento cultural (nahda). Aunque es en ese momento cuando los árabes entran por primera vez en contacto masivo con la civilización europea, ese contacto, sin embargo, es demasiado fugaz para tener consecuencias decisivas. Cierto que se enteran de la existencia de la prensa, de la novela y de la técnica que dominan los conquistadores; que, bajo el gobierno del Muhammad Alí (m. 1849), intentan modernizarse y los primeros becarios se dirigen a Europa, sobre todo a Francia; pero no es menos cierto que el desarrollo del país está en manos de extranjeros (franceses, italianos, griegos) y que la población autóctona ve con recelo las nuevas corrientes, de cuya bondad duda.” (Vernet, 2002: 217)

 

Un reconocido historiador árabe y testigo de la expedición de Bonaparte, Al-Rahman Al-Jabarti, se ocupa de describir con detalles este encuentro y ofrece algunas razones por las cuales se instaló el relato napoleónico:

“Ellos erigieron en la colina conocida como La colina de los Escorpiones cerca de Nasirya muchas fortificaciones, torres y edificios […] Demolieron mansiones pertenecientes a los príncipes mamelucos y usaron los materiales para sus propias construcciones. Se hicieron secciones especiales que fueron otorgadas a directores, astrónomos, científicos y a investigadores relacionados con las ciencias matemáticas, como ingeniería, cartografía, al igual que aritmética […] En una de esas casas los franceses depositaron un inmenso número de libros, con libreros y asistentes responsables de preservarlos y otorgárselos a estudiantes que necesitaran consultarlos […] Si un musulmán iba a ver esto con sus propios ojos, hasta el soldado francés de menor rango no se lo imposibilitaría y lo recibiría con alegría, sonrisas cordiales, especialmente si lograban discernir que el musulmán poseía una aptitud particular para aprender o mejorar su conocimiento […] Se ofrecían distintos libros que contenían varios dibujos y mapas sobre diferentes países, regiones y representaciones de animales, pájaros y plantas, como también historias sobre la Antigüedad, crónicas de diferentes naciones, biografías de profetas […] grandes eventos de cada nación” (Awad, 1986: 19).

Este es el intercambio que dará paso al famoso “The Institut d´Egypte” y que formará a futuros pensadores que, a favor o en contra, tomaron las ideas catalogadas como “occidentales”. Entre ellas las ciencias naturales, pero también algunos conceptos de estética y literatura, los cuales nos interesan para determinar la gestación de una novelística realista y moderna. Poco a poco la literatura, y específicamente la novela, serán consideradas como una técnica[1] e irán de la mano con la ciencia. En el siglo XIX, leemos a Al-Tahtawi, otro pilar del pensamiento egipcio, que escribe:

“Hemos dicho que Francia es una nación que cree en el racionalismo. Agrego que niegan los milagros. Creen que la Naturaleza nunca rompe sus leyes y que las religiones vinieron a mostrar a la humanidad cómo hacer el bien y evitar el mal, pero que la civilización y el progreso en las Letras y el refinamiento pueden reemplazar a esta religión, y que en países civilizados las leyes políticas reemplazan a las leyes religiosas” (Awad, op. cit: 43).

Otra importante figura crítica, Al-Afghani, hacia finales del siglo XIX, arremete contra el Naturalismo en su obra “La refutación a los materialistas”, y señala a Darwin como “la cabeza de la escuela naturalista”, que genera un sentido de corrupción y degradación al emparentar al hombre con el mono[2], pero no deja de ofrecer un panorama sobre toda la ciencia europea que sirve como un manual, pese a que luego se le intente refutar: sea recibida o rechazada, la ciencia y el pensamiento moderno occidental no dejan de crecer. Décadas después, Al-Sayyid celebra la educación secular, producto de este contacto europeo que hemos señalado, y proclama “Si quieren independencia, entonces dediquen sus discursos, sus escritos, parte de sus esfuerzos y una pequeña parte de su dinero a la educación universal, secular, porque ese es el único camino hacia la independencia.” (Awad, op. cit.: 119).

Esta breve radiografía intelectual nos permite ver el debate alrededor de la ciencia occidental, cómo ingresa en las distintas capas del pensamiento egipcio. Tarea que se inicia en el siglo XIX a través de todos estos procesos del nahda, que Francesco Gabrieli sintetiza de la siguiente manera:

“Para que la mecanizada cultura tradicional, que se arrastró por inercia en los siglos muertos, se transformara en la moderna cultura y literatura árabe tal como vamos a reseñarla, era indispensable que se injertase en el viejo tronco la linfa del pensamiento y el arte de Occidente […] El conocimiento de los idiomas abrió el camino para el de las literaturas y el pensamiento filosófico y científico occidental: formas literarias, ideas e ideales políticos, técnica científica europea tuvieron acceso a la vida intelectual de Oriente” (Gabrieli, 1971: 246).

Se considera a Muhammad Husayn Haykal como uno de los principales autores e intelectuales que inauguraron la novela en Egipto y en parte de Medio Oriente. La educación de Haykal se desarrolló en Europa, siendo uno de los principales estudiantes de su generación que viajó a Francia e Inglaterra para prepararse como futuro educador. No es casual que un intelectual que recibió una formación occidental lograra luego sentar una de las bases para el desarrollo de la novela en suelo egipcio.

Lo que más nos interesa de su aporte es una exposición suya titulada “Sobre la literatura nacional” que formó parte de uno de sus libros, Fi awqat al-faragh, que se traduce como “En mi tiempo libre”, una recopilación de todos sus escritos en periódicos y en espacios académicos. Allí se entrelazan discursos europeos y árabes y se lleva a cabo la apropiación del discurso científico europeo aplicado luego a cuestiones de crítica literaria. Desde el inicio la literatura nacional se considera un tema de estudio científico y se acopla a la concepción darwiniana en la que la literatura evoluciona hasta llegar a una etapa que es producto de una mezcla de diferentes géneros literarios y concepciones de civilizaciones más aptas y dominantes. Lo que interesa a Haykal no es negar los aportes de la civilización europea, sino impulsar una evolución hacia una etapa que vuelva a una concepción autóctona del material literario. Para él se debe llevar a cabo una nueva depuración del linaje y promover una literatura egipcia que canalice todo el entusiasmo del pueblo egipcio como lo ha hecho Estados Unidos, que produjo a poetas como Emerson y Longfellow y logró transformar a los inmigrantes en genuinos americanos bajo una misma cosmovisión. Haykal busca la creación de artistas que formen un mismo organismo con la Nación y su pueblo, organismo que varía según el clima de cada país. Se zanjará así, cree, la discusión entre antiguos y modernos, aquellos que imitan modelos clásicos y quienes lo hacen con modelos europeos, teniendo finalmente un modelo acabado y perfecto que corresponderá a lo que es el egipcio y el médium ideal es la novela.

Debemos aclarar que previamente a Haykal no había habido un debate acerca de qué es y cuál es el lugar de la literatura egipcia. Este se produjo por el lento y polémico proceso de asimilación de las ideas europeas que chocaron contra muchos esquemas científicos, filosóficos y literarios egipcios. Haykal se encontró ante una disyuntiva que le ofrecía dos caminos evidentes: o abrazar  la tradición o abocarse a la imitación de Europa que ya se estaba produciendo.

El resultado de la tensión entre estos dos caminos fue tomar en consideración los aportes de Europa como herramienta e instaurar un modelo que permitiera tanto preservar la selección de material occidental como lo que se considere que sea lo árabe. Taha Huseyn, figura literaria de la modernidad egipcia, logró acercarse a estas aspiraciones. No solo tuvo una educación privilegiada en Europa, sino que se ocupó de trabajar en las universidades egipcias y modificar sus currículums cuando llegó a Ministro de Educación. En una de sus discursos, “Sobre el método”, que se encuentra en un libro llamado “On Pre-Islamic Literature”, es claro y conciso. Nos dice “no deberíamos dejarnos atar y someternos a nada salvo un auténtico método científico” (Awad, op. cit.: 143), porque, “si no olvidamos nuestra nacionalidad, nuestra religión o todo lo que esté relacionado con ellas, seremos tendenciosos y llevaremos un juicio crítico inclinado a lo emocional.” (Awad, op. cit.: 144). ¿Y cuál es una de las fuentes de Huseyn? Nada menos que Descartes, quien, nos comenta, proporcionó un método para renovar “tanto la ciencia como la filosofía” (Awad, op. cit.: 143), y además, “alteró tanto las doctrinas literarias como las artísticas, y ha sido una marca distintiva de la era moderna” (íd.)

A primera vista, este acercamiento puede entrar en contradicción con el de Haykal, sobre todo porque se ocupa de descartar algunas consideraciones sobre el carácter nacional de la literatura. Pero, con todo, ambos autores están aplicando, y esa es precisamente la palabra, un método que ha surgido del contacto con las ideas científicas de occidente. La reverencia hacia la tradición y la religión, muy profunda en los estudios literarios árabes, ha comenzado, para esta nueva generación, a dar lugar a otro tipo de técnica de análisis que tiene como objetivo depurar y ofrecer un marco racional. Marco que debemos recordar que era asociado, por ejemplo, a los franceses, como leímos en Al-Tahtawi, aquellos hombres que desplazaban las leyes de la religión por las políticas, y creían en rígidas y calculadas leyes en la Naturaleza. Esto irá favoreciendo al realismo como técnica y modo de representación aunque sin cruzar el límite hacia el naturalismo.

Por último, tenemos que observar que con Haykal y Huseyn se quiso cimentar también una institución propia con el rótulo de “Literatura” en Egipto. Se requiere un método científico y crítico para poder seleccionar qué es la literatura y, por sobre todo, la buena literatura -o, en la variante de Haykal, la literatura egipcia-, para poseer parámetros precisos en la futura clasificación de producciones. La literatura que tiene como portaestandarte a la novela, y no a la poesía que desde siglos se halla instalada, es un elemento que requiere un método científico preciso para poder ser aprehendido y reproducido, como así lo aseguran sus críticos. Estos debates sobre el pensamiento científico y la novela europea produjeron un interés en poder crear con eficacia una novela con parámetros europeos pero que fuera en espíritu egipcia.

En torno a esta situación, las demás regiones de Medio Oriente comienzan a adoptar el modelo realista de los escritores egipcios. Ya a mediados del siglo XX, irrumpe finalmente una generación prolífica de escritores desde Marruecos hasta el Líbano, cuyo mayor representante para occidente por su triunfo en los premios nobel en 1988 es Naguib Mahfuz, aunque su número es considerable (entre ellos debemos destacar al menos a Zakaria Tamer, Yusuf Idris, Tawfiq Al-Hakim y Taha Husayn, todos maestros de las futuras generaciones que experimentaron con el realismo) cerrando parcialmente el ciclo iniciado por el afán de renovamiento espiritual en el pensamiento y las letras árabes y marcando el comienzo de otro en el que las condiciones sociopolíticas dieron forma a un realismo sumergido en la paranoia, la distopía, el desgarramiento por guerras y dictaduras y una incesante búsqueda de identidad entre distintos modelos falsamente rotulados en un binarismo Occidente/Oriente.

Fuentes

Awad, Louis, 1986. The literature of ideas in Egypt. Vol. 1. Atlanta: Scholars Press.

Gabrieli, Francesco, 1971. La literatura árabe. Traducción de Rosa María Pentimalli de Varela. Buenos Aires: Losada.

Mahfuz, Naguib, 2008. La azucarera. Trad. de Eugenia Gálvez Vázquez, Carmen Gómez Camarero, María Dolores López Enamorado et al. Barcelona: Martínez Roca Ediciones.

Moosa, Matti, 1997. The origins of modern arabic fiction. Londres: Three continents book.

Vernet, Juan, 2002. Literatura árabe

[1] Al respecto, Moosa comenta también su peso ideológico:

“Durante finales del siglo XIX y principios del XX muchas novelas y dramas occidentales fueron traducidos al árabe. Estos no solo introdujeron técnicas literarias para los escritores árabes sobre géneros modernos, sino que también les enseñaron a construir personajes cuyas acciones representaban tanto la vida como también cómo hacerlas más significativas. (Moosa, 1997: 91).

[2] Esto perdurará en muchas novelas, incluso en la trilogía del Cairo de Mahfuz. A ello se hace referencia en La azucarera cuando unos amigos de el-Gawwad hablan sobre su hijo Kamal “O quizá se retiraba a su biblioteca para leer libros eróticos, como el de El retorno del sheyj– añadió Ali Abd el-Rahim- ¿Qué se puede esperar de una persona que ha comenzado su vida afirmando que el hombre desciende del mono?” (Mahfuz, 2008

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