La función principal del arte es el extrañamiento. Sea a nivel formal o a nivel metafísico, el arte nos propone una mediación, nos obliga a detenernos y repensar nuestra relación con el mundo, con los conceptos, con la lengua, con los colores y las formas. El Diccionario de Psicopatología Fantástica, de José Retik, nos obliga a repensar nuestra relación con los principios clasificatorios que utilizamos para definir qué somos, qué sentimos y qué padecemos, pero también nos invita a reflexionar sobre el poder y el alcance de esas clasificaciones. A lo largo de las 175 páginas del libro, podremos recorrer una extensa variedad de psicopatologías imaginarias que tocan y cuestionan, con humor, gran parte de nuestra experiencia cotidiana. Escribe en esta oportunidad Alan Ojeda.

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Nuestra experiencia, al menos en los últimos años, ha estado envuelta en una proliferación de nombres. Hay nombres para todo. Alguien que hasta hace un tiempo no sabía por qué sólo sentía atracción sexual por personas con las que había forjado una relación emocional, es decir, que respondía a modelos de atracción sexual secundaria (atracción sexual a largo plazo), hoy sabe que es demisexual, gracias a la Asexual Visibility and Education Network (AVEN), que forjó el concepto. Pero ese concepto es uno entre muchos: alosexualidad, sapiosexualidad, gris-asexualidad, escoliosexualidad, etc. Lo mismo sucedió con el cambio de la sigla LGBT, que derivó en LGBTTT, LGBTTTI, LGBTTTIQ, LGBTTTIQA y LGBTTTIQ+[1] ¿Por qué proliferan los nombres/categorías? Porque son constructores de identidad y, en consecuencia, de comunidad. Nombrar algo nos calma. Nombrar un problema es identificarlo, es hacerlo inteligible, razonable. Ponerle nombre a una experiencia, a una emoción, es poder hacerla habitable. El nombre, entonces, parece cumplir con una función sanadora, nos permite apropiarnos de las cosas  y ser-en-el-mundo. Sin embargo, no podemos evitar pensar que cierta proliferación de nombres y categorías tienen su correlato liberal y capitalista: poder nombrar también es poder vender y controlar. Donde nace un nombre, nace un mercado: cine, libros, ropa, banderas, drogas, lugares de reunión, empresas de turismo. A su vez, nuestro nombre nos identifica ante la ley, ante el sistema, y nos hace localizables. Ahora, si hay disciplinas que históricamente han sido artífices de la gran proliferación de nombres y categorías, son la que comprenden el estudio de fenómenos psíquicos, es decir, la psiquiatría y la psicología. Psicología y psiquiatría: el arte de nombrar padecimientos y desbarajustes. A esta altura no hace falta citar a Foucault para saber qué rol cumplieron en la construcción de la sociedad como la conocemos. Es en este contexto que hace su aparición el Diccionario de psicopatología fantástica (2017), de José Retik, psicólogo, docente y escritor.

Un diccionario es una obra lexicográfica donde se consultan palabras o términos que se encuentran ordenados alfabéticamente. En este sentido, los diccionarios siempre corren detrás de la realidad, muy detrás. Pasan años hasta que una nueva palabra usada cotidianamente es incluida en las páginas de esos grandes cementerios de papel. Sólo un tipo de diccionario puede posicionarse por delante de la realidad, es decir por delante del uso de la lengua: un diccionario fantástico. En la tradición de libros como el Diccionario de lugares comunes de Gustave Flaubert, el Diccionario del argentino exquisito de Adolfo Bioy Casáres y el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce, el Diccionario de Psicopatología Fantástica no busca afirmar la voluntad clasificatoria propia del diccionario, tampoco busca agotar sus posibilidades. Como toda operación del género fantástico, pone en cuestión nuestra visión de la realidad y desarma nuestras construcciones culturales a través de un juego que parte de las mismas reglas que nuestro mundo. En este caso, José Retik no solo inventa y construye nuevas psicopatologías, verosímiles a esta altura, sino que también trabaja sobre las categorías existentes:

Neurosis: f. Patología que se cree que existe. Término sofisticado con el que se nombra a la mediocridad. En su monumental obra sobre este tema, el sociólogo y médico ítalo argentino José Ingenieros afirmó que: “El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad”

Los efectos de este ejercicio literario no son pocos. ¿Por qué poner en cuestión la máquina de clasificación clínica? ¿Qué sucede cuando develamos su funcionamiento? ¿Cómo opera sobre nosotros la máquina de clasificación? ¿Cuán cómplices somos de nuestra propia clasificación y captura? Empecemos por el principio. El nombre cumple varias funciones: clasifica, construye comunidad, segmenta, cura, revela, capitaliza, sintetiza, etc. Pero bueno, la capacidad de fagocitar todo que tiene el capitalismo no es una novedad. Cada categoría, cada “yo”, se identifica con una serie de elecciones, de preferencias, de “me gusta”, con una cantidad infinita de datos, de ceros y unos, y se transforma en un algoritmo para el marketing personalizado. También podemos pensar en la función mágica que ha tenido el nombre en la historia de la humanidad. Conocer un nombre oculto, era tener un poder que otros no. Saber el nombre de un demonio implicaba poder invocarlo. No por nada, cuando Moisés preguntó a Dios su nombre, éste le respondió: Ehyeh asher ehyeh (Éxodo 3:14). Ehyeh asher ehyeh se traduce como “Yo soy el que soy” o, aun mejor, “Yo seré lo que seré”. Obstinados en la búsqueda del nombre y su poder, los cabalistas desarrollaron tres métodos para rastrearlo entre las páginas de la Torá: la gematría, el notaricón y la temurá. Pero Dios no tenía un solo nombre… Si continuamos el hilo de esta reflexión, el trabajo de José Retik se hace evidente. El Diccionario de Psicopatología Fantástica asume su limitación, no busca nombrarlo todo. Como la enumeración caótica de Borges en “El Aleph”, no intenta agotar lo inagotable. La intensión es clara. Nos entrega una tarea: multiplicar categorías ad infinutum, hacer estallar el nombre o, mejor aun, la máquina misma que los produce. No hay que engañarse, porque la identidad también puede ser una trampa. La importancia del Diccionario… no concluye, entonces, en el humor y el ingenio detrás de la construcción de cada una de las psicopatologías, sino en la posibilidad de abrirse a un lector que, desde el momento en el que lea sus páginas, pondrá a funcionar una maquina imaginaria de descolonización clasificatoria (¿o de clasificación descolonizante?)

 Diccionario de psicopatologías fantásticas (2017) pone a funcionar la máquina de nominación científica como máquina literaria. De esta forma, Retik nos muestra, a través de un juego humorístico, la forma de funcionamiento de la máquina de clasificación clínica. Cada tipo de relación con un objeto, con una idea, con otra persona, con un concepto, con un fenónemo climático, incluso con uno mismo, es pasible de ser clasificada/taxonomizada como una patología. Sin embargo, podemos identificar que esa clasificación atraviesa el tamiz de una serie de principios y parámetros morales propios de la época en la que actúa. Son esos principios y parámetros epocales los que dan a la máquina de clasificación un código de programación: todo “X” debe gozar de “Y” y padecer con “Z”. Si eso no se cumple, asignar nombre a la psicopatología según la variación de los elementos “Z” e “Y”. Un claro ejemplo es que, hasta 2018, la Organización Mundial de la Salud haya considerado la transexualidad como una “enfermedad mental”. El Diccionario de psicopatología fantástica (2017), por el contrario, es la máquina de clasificación clínica en modo esquizo. La táctica deleuziana en funcionamiento: ya que no se puede devenir imperceptible porque la máquina paranoica es inmensa, introduzcamos en la máquina el virus delirante ¿Qué pasa si la máquina no tiene un código específico para producir etiquetas? La respuesta está en el libro: todo es padecimiento, todo es parafilia, todo es perversión.

Es por esta razón que el libro de Retik es un libro abierto, propone una lógica de producción que nos recuerda a los trabajos de la OuLiPo. El Diccionario... funciona como un manual de instrucciones para que cada persona que lo desee ponga a funcionar su subjetividad en la máquina de clasificación clínica delirante. Esa invitación implica un compromiso de parte del usuario: tomarse en serio los nombres, pero no demasiado. Esa es la advertencia del libro. No por nada, cuando recorremos sus páginas y llegamos a la letra “E”, nos encontramos con la siguiente definición:

  Ecléctico: adj. Perteneciente a la escuela filosófica que procura conciliar las doctrinas que parecen mejores o más verosímiles, aunque procedan de diversos sistemas. En psiquiatría, dícese del paciente que, por sus gustos y conductas, resulta hostil a la clasificación, lo cual lo convierte en una amenaza taxonómica.

Devenir ecléctico, devenir “amenaza taxonómica”, es el fin del libro. Ya que la utopía kafkiana del devenir imperceptible es cada vez más lejana, que la desaparición o el borramiento en ese devenir menor se nos presenta inaccesible, hay que impugnar. Desapareceremos entre nombres o nombraremos hasta desaparecer. Deconstruir incluso la deconstrucción. Deconstrucción: f. Compulsión des-clasificatoria. Paradojicamente, la deconstrucción es inmune a sus propios efectos.

Un libro como Diccionario de Psicopatología Fantántica sólo puede haber nacido en una época en la que la psiquiatría y la psicología han dominado casi todo el espectro discursivo y se han erigido como el campo de batalla de la hegemonía y contra-hegemonía. Ambos discursos se encuentran en pugna por la interpretación del sujeto y categorías que permitan clasificarlo. Ambas orbitan en torno a la conquista de la “normalidad”(Normalidad: f. Aspiración conceptual psiquiátrico-jurídica que no se constata en la realidad). Sin embargo, sólo la literatura construye esa tercera vía hacia la libertad. Al abandonar toda conquista del poder, al insertar la práctica lúdica como forma de cuestionamiento de la relación entre las palabras y las cosas, nos vuelve un poco más dueños de nosotros mismos.

A continuación, una breve selección de algunas definiciones:

Adicción: f. Falta de dicción producida por el uso habitual de drogas psiquiátricas.

Apatología: f. Enfermedad caracterizada por la ausencia de patología. No comparar con anosognosia.

Compersión: f. Término expandido en la comunidad poliamorosa para referirse a un estado de felicidad que se produce cuando la persona amada entrega y recibe placer de otra relación amorosa o sexual. Se lo considera lo opuesto a los celos. Esta jactancia o deleite en segundo grado implica no concebir a la pareja como una posesión. En algunos casos, es preciso hacer un diagnóstico diferencial para descartar que no se trate de un cuadro de alegría masoquista.

Delirio bidemoníaco crónico: m. Enfermedad neurótica común en genocidas que, al llegar a cierta edad, justifican sus crímenes delirando cruentas batallas fraternales entre demonios. Debemos este diagnóstico al psicólogo Unai Rivas Campo.

Despersonalización: f. Trastorno de la autopercepción, que consiste en percibir como irreal o artificial alguna parte de uno mismo. Quedan excluidas de esta definición las personas que recibieron trasplantes de órganos y las que fueron sometidas a cirugías estéticas.

Egotismo: m. Tendencia a hablar o escribir excesivamente de uno mismo que aburre a los demás hasta que uno tiene éxito.

Monotributo: m. Homenaje a uno mismo que se declara en la Administración Federal de Ingresos Públicos.

 

[1] Esta selección de siglas no responde a ninguna evolución cronológica particular. Sólo es un ejemplo de las distintas formas en las que ha aparecido en internet y medios de comunicación nacionales o internacionales.

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