El conflicto en Medio Oriente parece ser eterno, como si se remontara a un pasado inmemorial y se proyectara a un futuro infinito. No siempre fue así. La continua tensión entre Irán e Isarael es el resultado de una combinación de factores con anclajes históricos muy particulares. En esta oportunidad, Gabriel Fernández Arjona nos presenta una relectura del conflicto y un panorama de la tensa situación actual.

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Mientras las miradas de la prensa internacional hacen foco en la guerra comercial entre EE.UU. y China, otro enfrentamiento, en este caso militar, tiene lugar en la región de Medio Oriente. Los protagonistas son Israel e Irán y el campo de batalla Siria, Líbano (países aliados al régimen islámico) y la frontera norte y noreste israelí.

A finales de agosto, el grupo terrorista libanés Hezbolá atacó con cohetes antitanque una base militar israelí en Avivim, localidad fronteriza de la Alta Galilea. Los proyectiles destruyeron un vehículo militar sin causar bajas. Este ataque se produjo como respuesta a la muerte de dos milicianos de ese grupo en un ataque israelí contra la base de Aqraba, al sureste de Damasco, para desbaratar una operación proiraní con drones suicidas (cargados de explosivos) que planeaba atentar contra objetivos en territorio de Israel.

Sumado a esta tensión por los enfrentamientos, Israel anunció el descubrimiento de una instalación para el desarrollo de armamento nuclear desconocida hasta el momento, situada en la zona Abadeh, a 620 km. de la capital persa. De ser cierta la noticia, implicaría un incumplimiento al acuerdo nuclear firmado por Irán en 2015 que, si bien tuvo un golpe importante con el retiro unilateral de EEUU en 2018, se mantiene vigente gracias a la voluntad de los países europeos.

Esta escalada de hostilidades y producción de material bélico se enmarca en un proceso mucho más complejo, donde la combinación de ambiciones imperiales, intereses económicos, nacionalismos y religión dieron como resultado el escenario de alta conflictividad que se vive en el presente.

Suspiraban lo mismo los dos y hoy son parte de una lluvia lejos… 

Imaginemos por un segundo un mundo donde se pueda volar en forma directa desde Teherán a Tel Aviv, donde la inteligencia israelí intercambie información con los servicios iraníes y donde el flujo comercial entre ambos países sea regular, cambiando petróleo por tecnología y armas. ¿Imposible? Hoy seguramente sí, pero ese panorama era el existente previo a 1979, año en que tres hechos modificaron de forma drástica la dinámica de acción y las relaciones entre los países de la región: por un lado la ocupación de la Gran Mezquita en Arabia Saudita por un grupo de extremistas sunitas que implicó un giro hacia el extremismo por parte del gobierno saudí para contener a los radicales, por otro lado la Revolución Islámica en Irán que, luego de cuatro décadas, terminó con el gobierno pro occidental del sha Mohammad Reza Pahleví y, finalmente, el acuerdo de paz entre Israel y Egipto, primer país árabe en acordar con Israel desde su conformación como Estado en 1948. Estos dos últimos hechos son determinantes para entender el conflicto entre Tel Aviv y Teherán.

El acuerdo de paz entre Egipto e Israel habría sido impensable años antes de su firma (Egipto participó de las guerras de 1948, de la crisis del canal de Suez en 1957, la guerra de los seis días en 1967 y la del Yom Kippur en 1973) y sin duda marcó el fin del proyecto de unidad árabe del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser que suponía una disputa con Israel en favor de Palestina.

Ese espacio vacío que dejó la caída del proyecto panárabe fue progresivamente ocupado por el islamismo como proyecto político y como elemento que determina identidades y construye subjetividades de forma más amplia y, probablemente, más radical de lo que el sentimiento nacionalista árabe hacía en el pasado.

El triunfo en Irán de la Revolución Islámica, que comenzó en 1978 con las revueltas sociales y concluyó en enero del año siguiente con la huida del Sha y la vuelta al país del Imán Ayatolá Ruhollah Jomeini, marcó el regreso de la religión a la escena política global por un lado y, por el otro, lo que Vali Nasr llamó “el despertar de los chiitas”. Este grupo, minoritario en un mundo musulmán tradicionalmente dominado por los sunitas, siempre mantuvo una posición pasiva y carente de proyecto político. Con la llegada del Ayatolá al poder, su objetivo declarado fue “restaurar la gloria del Islam”, lo que abrió un nuevo tiempo en la región.

Este resurgimiento del Islam como factor identitario impactó también en distintos países sunitas que radicalizaron sus posturas y vieron nacer hacia adentro de su territorios grupos extremistas como Al Qaeda, nutrido de ex miembros del partido político iraquí Baaz que fuera la base de sustentación del gobierno de Saddam Hussein, o incluso el ISIS.

Nacionalismo y religión fueron las ideas que imperaron e imperan en el ideario islámico, lo que llevó a exacerbar el odio hacia Israel y al pueblo judío, entendidos éstos como la representación del sometimiento y despojo sufrido durante muchos años a manos de Occidente. A su vez, el extremismo islámico se propuso llevar adelante un combate contra “los infieles” (kafir es la palabra árabe), es decir, todos aquellos que rechazan a Alá como su dios y no viven de acuerdo a la ley coránica.

Pero hay vacios que no hay que dejar”

La invasión norteamericana en Afganistán e Irak a principio del siglo XXI cambió drásticamente la relación de fuerzas entre los sunitas y los chiitas en la región. La división entre estas dos ramas, que se remonta al 632 D.C año de la muerte del profeta Mahoma, derivó en una pugna por el derecho a liderar a los musulmanes que continúa en la actualidad.

Hasta la caída de Saddam Hussein en 2003, el gobierno chiita de Irán se encontraba en situación de bloqueo frente al resto de los países de la región con gobiernos sunitas. Esa situación de equilibrio era fomentada por EE. UU., al punto tal que en la guerra iraquí/iraní de 1980 los norteamericanos apoyaron al régimen de Saddam Hussein (de origen sunita pero gobernando un país de mayoría chiita) y al mismo tiempo le proveyeron armas a Teherán para generar una situación de “empate técnico” entre ambos países. La intervención del gobierno de Bush en Medio Oriente tornó prácticamente imposible la contención a Irán, ya que implicó la caída del régimen talibán (rival de Teherán al este) y el reemplazo del gobierno sunita de Hussein por uno chiita “amigo” de Irán al oeste.

Casi una década después, la “Primavera Árabe” sacudió al mundo, generando cambios en la dinámica de la región y modificaciones en la distribución del poder. En Siria las movilizaciones fueron rebatidas con extrema violencia por el presidente Basher Al Assad, derivando en una guerra civil entre las fuerzas gubernamentales y la oposición armada que atravesó por varias etapas. Una primera donde parecía verse el final del régimen al perder el control territorial de la mayoría del país, para luego, con ayuda de Rusia, Irán y grupos terroristas como Hezbolá y Hamas, ir recuperando paulatinamente el dominio de la situación hasta llegar al día de hoy en que Al Assad ha recuperado más del 80% del territorio.

El apoyo de Irán al régimen de Damasco no tiene que ver con afinidades étnicas (Siria tiene mayoría sunita) ni tampoco religiosas, sino con una mirada geopolítica y estratégica. El objetivo de la Revolución Islámica es desde hace mucho tiempo luchar contra Israel para lo cual ha ido tejiendo redes y generando escenarios con el fin de concretar esa situación.

La debilidad del gobierno de Al Assad ha permitido un avance iraní sobre territorio sirio gracias al cual Teherán logró dos objetivos: llevar armas desde Irán hasta el Líbano (pasando por Irak y Siria) para alimentar a Hezbolá en la lucha contra Israel en su frontera norte, y acercar posiciones hacia los Altos del Golán, la frontera este israelí (territorio ocupado en la guerra de los Seis Días de 1967 y, que en 1981, fue anexado en una medida que no fue reconocida por la comunidad internacional) para establecer bases militares y puntos desde donde lanzar ataques misilísticos. Por sus recursos hídricos y los más de 2000 km de altura, la zona del Golán es particularmente estratégica para establecer puntos de observación desde Israel hacia Siria. Por ello el gobierno de Benjamín Netanyahu recibió con alegría el año pasado la noticia de que EE. UU. reconocería de forma definitiva esas tierras como parte de Israel.

Un avance de Irán en el control territorial o, al menos, político sobre Siria y Líbano implicaría en los hechos la existencia de un corredor desde China en el este hasta el Mediterráneo en el oeste.

Frente a ello, Israel utiliza todas las herramientas a su disposición en su intento por frenar estos movimientos, desde misiones secretas en países extranjeros por parte del Mosad, la agencia de inteligencia israelí, hasta el ataque con drones a objetivos enemigos. Este tipo de operaciones parecen ser la estrella del momento, ya que apenas dejan huellas en el radar, desprenden poco calor y son relativamente baratos. Las Fuerzas Armadas de Israel cuentan con miles de drones en sus distintos cuerpos y unidades. Pero también temen que, además de otros países enemigos, grupos armados hostiles puedan hacerse con pequeños aparatos de vuelo suicidas difíciles de interceptar por las baterías de defensa antiaérea.

¿Vendrá un nuevo amanecer?

La zona de Medio Oriente fue siempre el territorio de grandes conflictos bélicos e invasiones. Faraones, césares, árabes, cruzados y otomanos invadieron y dominaron la zona. Desde mitad del siglo XX hasta hoy se han producido muchos de los enfrentamientos que acapararon la atención del mundo. La intervención de Francia y Reino Unido que formaron protectorados bajo su dominio; la captura de la renta petrolera durante muchos años por parte de estos países y de EEUU y, la creación del Estado de Israel que implicó el desplazamiento de la población árabe residente en la zona, generó un sentimiento de rencor en los distintos pueblos de la región que se ha visto incrementado con el paso de los años.

Ese rencor se manifestó primeramente en el enfrentamiento contra Israel mediante guerras convencionales estado-estado, para luego decantar en la creación de organizaciones terroristas y, finalmente, la nueva modalidad de “lobos solitarios” que generan ataques individuales contra la población civil. A su vez, Israel cuenta con fuerzas armadas y servicios de inteligencia altamente capacitados que atacan buscando neutralizar la amenaza de los grupos enemigos.

Hoy es difícil visualizar una solución pacífica a estos conflictos, ninguna de las dos partes parece dispuesta a ceder en sus demandas, lo que está llevando, hacia una radicalización de las posiciones y un aumento de los enfrentamientos.

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