Todo movimiento subversivo parece vivir momentos de auge y de decadencia. Luego de la decadencia, con suerte, logra una transformación que le permite reelaborar su tradición y sus valores en un nuevo contexto. El que no lo logra, el que se quedaa en el gesto nostálgico-conservador, y no entiende lo que implica el paso del tiempo, termina por transformarse en la expresión misma de lo que quería combatir. ¿Qué pasó con el heavy metal? ¿Qué sucedió en el periodo comprendido entre «En las calles de liniers» y el actual momento nacionalista de Iorio? Emiliano Scaricaciottoli, docente de la carrera de Letras y uno de los fundadores del Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal Argentino (GIIHMA), nos presenta su lectura sobre ese momento bisagra del género en Argentina.

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Así como toda secta necesita de un elemento y un nombre de fantasía, o como no hay revoluciones campesinas en el cono sur -decía el Che- sin el carácter mitológico suficiente, recurrente, necesario por sobre las condiciones materiales de existencia y la co-relación de fuerzas, ciertos movimientos que supieron ser subculturales en la Argentina mutaron su signo invirtiendo sus fuerzas ancestrales y se inmolaron en la domesticación de sus banderas. El metal de inflexión nacional hace una década que fluctúa entre la retromanía y el amesetamiento. La tesis parricida que arrojamos en 2018 con el Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal Argentino (GIIHMA), más precisamente en Parricidas. Mapa rabioso del metal argentino contemporáneo, vibró con altura hasta que las referencias del nuevo mapa se quedaron sin obra o sin signo. Reponer, como una góndola siniestra (recuerdo ese cuentito de César Aira, “El carrito”) que toma vida propia sobre la inercia de sus productos, es complicado. Y en este estadío del parricidio, forzado. El GIIHMA fue hereje en su tierra y patrón de la tesis-matar a Ricardo en todas sus formas simbólicas para que lo nuevo siga floreciendo, exactamente la misma operación que Nicolás Rosa reclamaba sobre Borges y que explicamos hasta el hartazgo- hasta estallarse con la realidad desigual y combinada del metal a escala continental.

En este sentido, es necesario un balance serio del parricidio sin que ello implique negar la tesis, mucho menos corregirla. El parricidio arroja siempre una coyuntura de orfandad jodida. Se devora el trayecto de liberación nietzscheana, porque se devora al propio Zaratustra, al profeta. La muerte del que porta el mensaje supone la estampida de la prisión. La fase del camello, decía Nietzsche, es la del peregrinar dura y obstinadamente por un desierto de ideas, por un mar de fango sin flor de Loto a la vista: “El desierto opera simultáneamente como el lugar del sin-sentido y creador de sentido. Allí donde habitan-siempre lo han hecho- los “veraces”. Lugar del nihilismo, pero también de la soledad necesaria para la transfiguración” (Pacheco, 2013:59). El desierto de la “patria del espíritu”, como levanta el tótem en sus últimas entrevistas, es decir, la versión hiporbórea pero berreta -de solapa- de Iorio es, al menos hasta hoy, y después de la auto-destrucción lograda con sus propias declaraciones (cuestionadas, trituradas, demolidas por quien escribe estas líneas en repetidas ocasiones hasta el paroxismo ) se mantiene triunfante. No hay ningún bosquejo de cambio en el plano del significante-aunque de oportunismos de coyuntura, feminismos varios, consignismos de atajo el metal argentino contemporáneo está lleno y de tan lleno, vacío- mucho menos aún en el plano del significado. Por eso, la tesis parricida funciona si se gana el terreno mítico del “metal nacional”. Ya no de la “patria del espíritu”, sino de la “…patria, [la] bandera y [el] sentir nacional”, como rezó “Orgullo argentino” de la versión adulta de Almafuerte (Piedra Libre, 2001 ).

Rehabilitar el lexema “nacional” es la tarea del presente. Curiosamente, quienes tomaron con liviandad la idea de “matar a papá” ahora predican en otras iglesias. Levantan otros muros, construyen sus propios manuales y hasta lucran con el hashtag de turno con tal de -insisto- dejar bien en claro que lo nuevo habita en un movimiento metalero despojado de los debates dentro del nacionalismo argentino. Mientras este enfoque o tendencia se desarrolla en el reducto más sectario y endogámico de bandas, poéticas mayúculas y arquetipos de lo que sería la superación del entramado “patriarcal” del metal post-Iorio, el movimiento sigue sin rumbo fijo, sin discurso, sin referencias concretas que orienten su rumbear. Afuera dejaríamos la tesis de la sustitución bien-pensante, de la conmutación corregida del queridísimo Pato Larralde y la presencia arrolladora de Los Antiguos en la escena criolla. Si bien en la propuesta de Larralde hay un anclaje en el metal de corte “nacional”, Los Antiguos no ha podido superar el cerco lovecraftiano, la lírica de “los grises”, de los antiguos astronautas, de las pirámides en la luna…

No pudo, sin por ello no dejar de reconocer su jerarquía en toda el espectro dentro del metal argentino (de corte no-nacional, sobre todo, por su linaje “stoner”), ocupar ese lugar. ¿Los lugares se ocupan o se arrebatan? En este caso, es evidente que un metal de cepa “nacional” debería revisitar los sujetos sociales que habitan no sólo en sus micro-poéticas sino también, la “chispa adecuada” para generar confianza en la nueva dirección. Operaciones de camuflaje dentro del espectro de la matriz discursiva seudo nacional como Against, Malicious Culebra o la vieja guardia aún viva y de pie -Serpentor, Lethal, Jeriko- sin prontuario, claro, tampoco han reunido a las huestes.

La orfandad cuenta, entonces, con el viejo senil Avivando la llama de la ley natural (última producción audiovisual de Iorio mayúculo, con su banda de cóvers) y un par de buenas intenciones. Siempre atomizadas y, cuando no, cortadas y pegadas de fórmulas mal paridas. La imagen es homologable con el porcenteja de eficacia de la vacuna. Calcada. En el refugio del desierto, el viejo mastica las nuevas caras del metal argentino celebrando su triunfo por sobre quienes anunciamos la muerte como una operación táctica. Ahora, ¿táctica para qué? Los optimistas de la conciencia punitivista, les aliades de la tachadura, se conforman con sus pequeñas orgías microscópicas. El ghetto les sienta bien. Aquellos que apostamos por el crecimiento de Los Antiguos como usina desde donde crezca una poética de sincretismo (un posnacionalismo decorado, una fábrica difusa pero efectiva, como diría Tony Negri) erramos en insistente carga emocional que Pato Larralde le pone al “monstruo ”, como lo llama al viejo en uno de sus temas de Oro para las naves (2019).

El “monstruos” que no muere, es el mismísmo Iorio. Plagado de escapismo, como él mismo lo escribió en “Muere monstruo muere” (Trillando la fina, 2012), así y todo, reina en su rancho de Tornquist observando sonriente el derrotero de misiles sin rumbo. ¿Quién portará la bandera cuando la campana de la división deje de sonar? Por el momento, no sólo suena, sino que lo hace con paciencia, sin apuro externo ni interno. El apuro externo, la estrategia de la crítica literaria dentro del Metal (mayúsculo, ahora, como fuerza de choque social), no ha funcionado en su versión infantil. Así lo anticipé en “Contra la moderación: Reflexiones sobre una nueva cultura pesada en el metal” (La Luna con Gatillo, 27/10/2020) tomando el Elogio del conflicto de Angélique Del Rey y Miguel Benasayag. No podemos esperar un marco referencial real, contundente, embarrado dentro del metal argentino si no es de corte “nacional” y profundamente reaccionario-mítico y reaccionario, diría- a las iglesias del presente continuo. ¿Qué sería mítico y reaccionario? Mítico en el sentido simbólico, en su capital, su carisma en el plano de la personalidad y en ese hilo de plata con el alma. Una figura fuerte, apabullante, rústica y sin evitar el drama de la violencia. ¡Al contrario, eleogiando la violencia! Pero orientándola. Y hacia allí habita el poder reaccionario. El metal nacional siempre ha desregulado por no plegarse al consignismo de turno (estratagema que le robo a Carla Daniela Benisz en su ensayo de la reciente La campana de la división. Escribir sobre las ruinas del rock argentino ). Si desregula en lo molar, se aborta. Debe desregular en un ataque directo hacia cualquier forma discursiva que construya sobre su ruina el nuevo templo. ¿Qué haría el viejo senil en este momento, por ejemplo, rodeado de “lo personal es político”? Rodeado del slogan más pelotudo y estatal -lo dice Rita Segato, ojo, antes del escrache, muchaches- del universo.

Haría lo siguiente: le escribiría a quienes no han podido protegerles. A todes. Le escribiría a quienes han depositado su confianza en la deconstrucción del ala blanca del Club de Socios de la Av. Figueroa Alcorta. Le escribiría a quienes se despojaron de la suficiente valentía para renegar de la razón de la mayoría de la progresía berreta que ha, lamentablemente, también minado de corrección política y sacerdotismos varios todos los recodos del metal argentino. Ahora, resulta, que regulamos, que censuramos, que recortamos, que penalizamos, que señalamos y que signamos todo lo que no es de todes pero que le puso la música a la calle en el 2001, cuando tu “Color esperanza” explotaba las radios. Y nombrarlo, tan sólo nombrarlo, recuerda a ese innombrable al que combatía el joven Potter en la escuela de magia. Y escucharlo, tan sólo escucharlo (uno o dos temas para sentir el aire puro de su obra, cuando su obra vivía), recuerda también a la nota prohibida, a la clave luciférica que perturba nuestras nuevas y no-binaries mentes metaleras.

Antropofagia del monstruo es la consigna que no levantamos por miedo a que molecularmente las catedrales que han sabido proteger se derrumben también. Insisto: ninguna vanguardia dentro del metal que limpie los rincones de las consciencias con mensajes puros y angelicales va a agilizar las contradicciones. Al contrario, lo agigantan; hiperbólicamente se edifica el mito del monstruo, cooptado por la rabia miserable de liberales, libertarios, pejotistas bonaerenses aburridos de perder electores a manos del constructo kirchnerista, y gibelinos místicos de mala muerte que ven el triunfo inmenente del comunismo, la amanaza de la sovietización de la Argentina. En esa maraña se perdió el monstruo, de ese enjambre hay que rescatarlo, muerto, claro, para devorarlo, como Saturno a su hijo en la imagen de Goya, sin cuartel.

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