El día de ayer, sábado 18 de abril, el sacerdote Guilherme Peixoto convocó, como mínimo, a un millón de personas en la Plaza de Mayo y alrededores. La gente desbordaba, como durante la marcha universitaria de 2024, por todos los laterales y avenidas. El público era heterogéneo: pibes de la jodita, señoras, familias, algún grupo de inadaptados haciendo un templo pagano con cajas de psicofármacos contra la vidriera de un local cerrado, curiosos, creyentes, jóvenes con la cara demasiado organizada y virgen de tics como para haber atravesado intensamente el mundo rave. El sonido era bastante pobre y un juicio musical sería excesivo. Guilherme mezcló melodic techno con fragmentos de discursos del Papa Francisco. Ese no es el punto. Lo interesante acá es la intervención sobre el espacio público, la flexibilidad, la apropiación estética, y el contexto en el que circula el mensaje.

Los militantes microcéfalos de la calle online —afines al gobierno, claro— salieron sin dudarlo a querer apropiarse del acontecimiento. «La jodita y la iglesia ahora son de derecha», «Lloran los kukas porque no pueden llenar la plaza como lo hace la iglesia», «Los valores tradicionales llenan la plaza, kukitas», etc. En principio, nada que no pudiera decir alguien con ciertos problemas madurativos que invoca «espejito rebotín» a los 40 años. Reconocen ahí, aunque superficialmente y con el déficit de análisis que los caracteriza —porque lo que hacen llega al límite de la exageración performática y no están acostumbrados a pensar—, algo que no hay que dejar pasar: algo que convoca a más de un millón de personas tiene potencial político y de representación. Sí, el público es heterogéneo en extremo; sí, es imposible determinar si la gente que fue al evento es capaz de entender los mensajes de Francisco como una crítica directa al contexto actual y su crueldad —económica, política, social, simbólica, material, de todo tipo— impartida por el mercado y sus defensores más acérrimos; sí, hay en toda esa gente una cantidad enorme de curiosos que van a ver un acontecimiento gratuito y, como mínimo, poco común. Sí. Pero también: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8). Confío en un par de cosas: 1) que los sionistas performáticos del gobierno son impermeables a los mensajes del evangelio, y eso los vuelve malos intérpretes; 2) en los buenos lectores contextuales que entienden que hoy, en este contexto, en una plaza llena con millones de personas, transmitir a todo volumen los mensajes que profesan la doctrina social de la iglesia —los valores de solidaridad, comunidad, hermandad y la condena a la usura del capital— tiene un potencial enorme para ser redirigido de forma eficiente hacia la discusión pública. Esto no se trata de si el set del padre Guilherme Peixoto estuvo bueno, si la Iglesia es o no conservadora, si puede o no ser progresista (al fin y al cabo, qué significa esa palabra ya), sino de la capacidad de captar una fuerza disponible y orientarla hacia su lugar de desarrollo eficiente que, además, en este caso, es el más natural: el de la restitución de «lo común».

El 5 de mayo de 1891, el Papa León XIII hizo pública Rerum Novarum, la primera encíclica social de la Iglesia católica. En ella, el Papa se encargó de apoyar a los sindicatos y los obreros:

[…]no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios.  

Rerum Novarum significa, nada más y nada menos, que «De las cosas nuevas». La Iglesia, ese elefante de poco menos de 2000 años, había entrado a la historia y se había hecho eco de las demandas que serían centrales a lo largo de todo el siglo XX. Es decir, había asumido que el mundo había cambiado. Algo importante si uno quiere hacer política, y aún más importante si no quiere fracasar estrepitosamente en el intento. Así como no se le pueden pedir peras al olmo, no se le puede pedir a la Iglesia que abandone su esencia ni que deje de ser relativamente rígida y cambie sus bases de un momento para el otro. Algo de eso le permitió, entre otras cosas, durar hasta nuestro presente.

Y aun así, no es menor: el que antes de su elección como sucesor de Benedicto XVI discutía con el kirchnerismo y hablaba en contra de los homosexuales, luego, al ser elegido Papa, comprendió que en un mundo dividido por la violencia no hay cabida para ningún discurso «contra» que no sea «contra las condiciones materiales» que fomentan la muerte del espíritu y del lazo social. Francisco I intervino de manera directa en las discusiones políticas y, dentro de los márgenes de una institución rígida y milenaria, procuró propiciar discursos que redujeran los daños generados por la homofobia en la Iglesia. Eso le ganó no pocos detractores. Sin embargo, algo quedó claro: una y otra vez, el enemigo es el mismo.

With usura hath no man a house of good stone

each block cut smooth and well fitting

that design might cover their face,

with usura

hath no man a painted paradise on his church wall

harpes et luz

or where virgin receiveth message

and halo projects from incision,

with usura

seeth no man Gonzaga his heirs and his concubines

no picture is made to endure nor to live with

but it is made to sell and sell quickly

with usura, sin against nature,

is thy bread ever more of stale rags

is thy bread dry as paper,

with no mountain wheat, no strong flour

with usura the line grows thick

with usura is no clear demarcation

and no man can find site for his dwelling. (“Usura”, Ezra Pound)

Vuelvo al tema. Mi recorrido por la fe y por la Iglesia (que no son necesariamente lo mismo) es poco lineal: educado en primaria y secundaria confesional, de barrio, llegué a ser monaguillo de la Parroquia San Vicente de Paul los domingos de misa, luego de mi comunión y hasta terminar la primaria. Tiempo después, durante la secundaria, un creciente rechazo a la institución y mi interés por las lecturas poco ortodoxas me llevaron a alejarme. Ese camino se potenció cuando entré a la carrera de Letras y, si bien siempre estuve interesado en tradiciones místicas y esotéricas, en un periodo quasi adolescente de mongokirchnerismo me dediqué a rechazar a Bergoglio y la Iglesia como representantes del atraso y del «poder hegemónico». Al punto de que el día que fue elegido Papa, mi vieja me despertó llorando para darme la noticia y yo seguí durmiendo la siesta. Cabe aclarar que, como para muchos de mi generación, Bergoglio estuvo presente en la misa de mi confirmación. También asistió, más de una vez, a alguna reunión de corte festivo que se hacía en el patio de la escuela un fin de semana con la gente de la congregación.

Sin embargo, la cosa se fue preparando poco a poco. Terminé la carrera de Letras con un seminario sobre «Borges y el Catolicismo» que daba Lucas Adur, ahora amigo y colega. En ese contexto terminé por realizar mi retorno. ¿El hijo pródigo? No puedo negarlo. Ese seminario me dio varias cosas: un grupo de investigación, un grupo de amigos, una ex pareja y la posibilidad de charlar sobre intereses e inquietudes que el conservadurismo progresista ateo de la universidad, en su mayoría, hacía imposible. No es difícil preguntarse qué pierde sobre la historia del arte en Occidente alguien que se niega a considerar el peso del cristianismo en la cultura: literatura, música, arquitectura, filosofía, política, todo.

Me pasó, aunque suene raro, lo mismo con la electrónica que con el retorno al cristianismo: la universidad no tenía lugar para ninguna de las dos. En el patio solo sonaba rock de los 60 y 70, música folk, Los Redondos, etc. El siglo XXI ahí no había entrado. Salvo por algunos amigos, con quienes después gestionamos fiestas y eventos, era un páramo. Cualquier desvío hacia la electrónica era una degeneración política para los involuntariamente lukacsianos que militaban una forma pobre del realismo socialista, porque nunca han sabido hacer otra cosa que pancartas declamadas. Lukacsianos por ausencia de capacidades estéticas, es decir, no por haber leído la Teoría Estética del comandante en jefe de las fuerzas del arte en la URSS. Nada muy distinto de los agentes encubiertos de la Staatssicherheit que eran incapaces de comprender esa música y bailes raros que se desarrollaban en algunas fiesta de Alemania Oriental. 

El rechazo, tanto a la electrónica como a la lectura, comprensión y análisis de todo lo derivado de la religión católica, surgía de una profunda ignorancia y, sobre todo, de una profunda incapacidad de ponerse en contacto con lo diferente. Es decir, de devenir. Algo esperable de quienes habían comenzado a militar para encontrar un lugar en el mundo e hicieron de la militancia universitaria un refugio ideológico frente a las amenazas exteriores. Nada muy distinto —ni menos molesto— que un Testigo de Jehová o un pentecostal. A fuerza de militancias eran algo así como evangelistas de una teología secular con las caras de Manuela Castañeira, Bodart, Cristina, El Chipi, Del Caño, Bregman, etc.

Durante ese periodo que va del 2010 al 2015, tanto la izquierda como el progresismo porteño tardokirchnerista mantuvieron un discurso abiertamente anti-religioso —descontando las experiencias new age y los impostergables gestos pachamamísticos de quienes viajaron por el norte hasta Bolivia—. No es extraño, aunque mi hipótesis peca seguramente de simplista, que el actual gobierno haya logrado movilizar —de una manera horrible— diversas modulaciones del espíritu religioso para llevarnos por el camino de un Job sin redención ni milagro y a un éxodo de nosotros mismos por una promesa que es solo desierto. Diría, en lenguaje coloquial, que más allá de los aspectos económicos de la década anterior, incapaz de reavivar el fuego del progreso, en términos discursivos, el amplio espectro que va desde el centro hasta la izquierda «se regaló». Mejor dicho: olvidando que el país no es una extensión de la sobre-psicoanalizada porteñitud, Argentina es un país católico en su vertiente social, artística y religiosa, es decir, καθολικός, «universal». En consecuencia, el discurso político que se jactaba de pensar desde abajo hacia arriba decía, creía y sostenía —paradójicamente, desde arriba hacia abajo— que la población creyente era medio boluda y que su creencia se debía a que no había leído lo suficiente, era retrógrada y se encontraba en la infancia del pensamiento. Un gesto pedante no muy distinto del de Kant en «¿Qué es la Ilustración?».

Mientras tanto, otros apóstoles del ritmo, la electrónica y el pop preparaban, desde hace un par de décadas, el terreno para la inmanencia, la nueva misa y el baile. En 1987, Chuck Roberts hacía el clásico himno house «My House» con una clara estructura de sermón religioso, emulando, nada más y nada menos, el Génesis bíblico:

In the beginning there was Jack

And Jack still has a groove

And from this groove came the grooves of all grooves

And while one day viciously throwin’ down on his box

Jack boldly declared «Let there be house»

And house music was born

I am, you see, I am the creator

And this is my house

And in my house there is only house music

But I am not so selfish

Because once you enter my house

It then becomes our house and our house music

And you see, no one man owns house

Because house music is a universal language

Spoken, understood by all

You see, house is a feeling that no one understands really

Unless you’re deep into the vibe of house

House music is an uncontrollable desire to jack your body

And as I told you before, this is our house and our house music

In every house, you understand, there is a keeper

And in this house, the keeper is Jack

Now some of you might be wondering

Who is Jack and what is it that Jack does

Jack is the one who gives you the power to jack your body

Jack is the one who gives you the power to do the Snake

Jack is the one who opens up the door

So you can come in and house dance

Jack is the one that can bring nations and

Nations of jackers together under one house

You may be black, you may be white

You may be Jew or Gentile

It don’t make a difference as long as you come into our house

And this is where (It is a feeling)

 



En 1998, porque no me voy a poner a hacer un recorrido entero, se lanza un nuevo himno. «Good is a Dj», de Faithless:

This is my church

This is where I heal my hurts

It’s a natural grace

Of watching young life shape

It’s in minor keys

Solutions and remedies

Enemies becoming friends

When bitterness ends

This is my church

This is my church

This is my church

This is my church

This is where I heal my hurts

It’s in the world I become

Content in the hum

Between voice and drum

It’s in change

The poetic justice of cause and effect

Respect, love, compassion

This is my church

This is where I heal my hurts

For tonight

God is a DJ

For tonight

God is a DJ

This is my church

 

 

 

En 2003 Pink continúa con la tradición dentro de su versión alternativa del pop, repitiendo la consigna:

If God is a DJ, life is a dance floor

Love is the rhythm

You are the music

If God is a DJ, life is a dance floor

You get what you’re given

It’s all how you use it

Para no dejar a fuera la producción nacional, Dj Pareja junto a Gaby Bex produjeron, en 2016, “Dios en la Disco”:

 

Toda la semana

Vas juntando ganas

Con tanta producción

serás la sensación

Vamos a bailar

Entraste en la disco

sentí el calor

Todos te sonrien en el V.I.P.

Te besan y te abrazan

y te quieren seducir

El cuerpo te lo pide

Tu estilo lo desviste

la música rompe a bailar

El cuerpo te lo pide

Tu estilo lo desviste

la música rompe a bailar

No vas a misa pero ves a DIOS…

En la disco

No vas a misa pero ves a DIOS…

En la disco

No vas a misa pero ves a DIOS…

En la disco

No vas a misa pero ves a DIOS…

En la disco

Probá, mezclá, flotá, sudá

Probá, mezclá, Grita, sudá…

El es tu DJ en las alturas

La música es tu cura

La pista una locura

El cuerpo te lo pide

Tu estilo lo desviste

la música te rompe a bailar

El cuerpo te lo pide

Tu estilo lo desviste

la música te rompe a bailar

No vas a misa pero ves a DIOS…

En la disco

No vas a misa pero ves a DIOS…

En la disco

Probá, flotá, gritá, sudá

Se te corre el maquillaje

Que todo se desarme

La Noche esta que arde

Se te corre el maquillaje

Que todo se desarme

Que todo se desarme

Probá, mezcla, flota, sudaaa…

Proba, mezcla, Grita, Sudaaa…

No vas a misa pero ves a DIOS…

En la disco!

Tempranamente, la experiencia de I Feel Love de Donna Summer se transformó en I Feel God (in the Dancefloor). El encuentro, la experiencia de comunidad, igualdad, comunión, felicidad, éxtasis, disolución e integración de un sujeto en un cuerpo mayor —el del baile—, el potlatch, la utopía de «Peace, Love, Unity, Respect» (PLUR) de las raves, comulgaron fácilmente con una experiencia de misa primitiva donde aún no fuimos tocados por la varita separadora del platonismo. ¿Cree esa gente en Dios? Posiblemente sí, pero en uno que puede bailar y hacer bailar. La fiesta electrónica no dudó en asimilar un discurso religioso, apropiárselo y adaptarlo a su experiencia vital en la pista de baila. Lejos de pensar en limitaciones, encontró en ese retorno a lo religioso un potencial descriptivo para una experiencia límite donde, en muchos casos, el lenguaje entra en fuga.

Es decir, «la misa» electrónica estaba ahí, antes incluso que la misa ricotera. Incluso más subversiva, más horizontal: en la rave, donde el DJ no es más que un medium del ritmo. O al menos así era antes de que todo se transformara en “Cult of Personality”. A la Iglesia le tomó alrededor de 30 años asimilar esa posibilidad y permitir algunos ajustes en su antropotécnica.

La pregunta no es «¿por qué la Iglesia hace esto?», porque la respuesta es clara: porque puede y porque es un acto proselitista. La pregunta es por qué la Iglesia, una institución milenaria y bastante rígida, ha aceptado las fuerzas creativas de la tecnología y la música electrónica para ayudar a difundir el Evangelio y la Doctrina Social, mientras del otro lado el peak estético de la izquierda latinoamericana pendula entre Calle 13, Avanti Morocha, Las Manos de Filippi y Silvio Rodríguez. Mientras la mayoría de los políticos en escena son incapaces de realizar un análisis de un fenómeno complejo como la dinámica del capitalismo actual, con sede en Silicon Valley, un cura franciscano, mano derecha del Papa León en asuntos de IA, desarrolla un ensayo alucinante sobre la herejía de Peter Thiel en su lectura de Girard y la violencia mimética, explicando cómo nace esta nueva filosofía del capitalismo a través de operaciones sobre la teología.

 

God is a Dj
Life is a dancefloor

y a este ritmo, hay iglesia para rato.   

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