Más allá de ser catalogados como una banda rolinga, reybruja es mucho más que eso. Es un sexteto en franco crecimiento popular que reivindica el flequillo, la melena y la remera pupera, pero también el sonido alternativo, Sonic Youth y Lou Reed: rock y baladas con referencias a Jóvenes Pordioseros y John Cale, Rolling Stones y Calamaro, Ratones Paranoicos y Juana La Loca, Fito Páez y Tom Waits, Nirvana y Attaque 77, Intoxicados y Guns N’ Roses, Tan Biónica y Bob Dylan. Se autoperciben Rock Nacional Argentino (RNA) —al punto de abrir sus shows con el Himno Nacional— y expresan una música que destila peligro, melancolía y diversión. Que cada uno los escuche y saque su propia conclusión.
Luego de una meseta, el rocanrol ha resurgido en el under en los últimos años —desde la pandemia hasta hoy—, con un público muy joven ávido por conocer nuevas bandas. En un espectro donde despuntan grupos como La Grecia, RYAN, Hestald, Camionero, Terrores Nocturnos, Homogénica, Winona Riders, Sakatumba y Mujer Cebra, reybruja viene cosechando cada vez más aplausos. Formados a mediados de 2023 en Buenos Aires, el grupo cuenta con Enzo Lupo en voz y percusión, Juan Manuel Fombella en guitarra y voz, Lautaro «Laucha» Satalino en guitarra, Andrés Human en bajo, Rodrigo Martini en teclado y Sergio Peluso en batería. Todos trabajadores —ninguno puede aún vivir de la música—: uno es operario de mantenimiento en los ferrocarriles, otro trabaja en publicidad, otro es despachante y otro fletero. Con tanto esfuerzo de por medio, se las ingenian para compatibilizar obligaciones y sueños de rockstars.
Reybruja acaba de editar su primer álbum, Gustar y ofender (septiembre de 2025), con un repertorio ecléctico que transita desde los Stones de Exile on Main Street hasta el post-punk, el rock alternativo y el noise. Temas con estribillos contagiosos que invitan a corear —y a gritar—, en vivo, convierten cada show en una comunión con el público: no es inusual que varios intrépidos se suban al escenario a cantar junto a Lupo. Enzo es el frontman perfecto: pequeño, flaco, con rulos y lleno de tatuajes, destila un carisma imparable sobre las tablas. «Hola, mi amor», «Gracias, mi amor…»: así se comunica con sus acólitos, antes de saltar del escenario y meterse en el mosh, en ese mar de gente, manos, cabezas y brazos.
En pleno ascenso, vienen de tocar en el último Lollapalooza, donde dieron la nota sin pasar desapercibidos: Lupo agitando su palo de chamán urbano, Martini ejecutando samplers y sonidos new wave. Más contrastes: un guitarrista pelado y hardcore —el Laucha— y otro melenudo y grunge —Fombella— completan este combo explosivo junto a un bajista preciso y un baterista ramonero. Con edades que van de los 28 a los 39 años, los integrantes de reybruja entregan canciones desenfadadas como «Piso 20», una oda a coger en el ascensor, deudora de «Love in an Elevator» de Aerosmith y «El Rock del Ascensor» de Los Hermanos Makaroff. Ese es su costado frívolo, aunque también saben ponerse tiernos: el recitado spoken word a lo Cortázar que abre «(Te advertí que no me dejaras pisar las flores…)» lo prueba. En las entrevistas se definen como «unos perdedores que estamos acá, en este lugar, resistiendo, haciendo lo que nos gusta…»
Otros temas destacados son «La novedad», «Chica Saavedra», «Libertarios», «El atrevido», «Pocamonta», «Virgencitas y malvones», «Preso en Paraguay», «Que se la banquen», «Loquita», «RNA», «Superestrellas del barrio» y «Nenanisman»: un abanico que recorre el rocanrol cuadrado, la psicodelia, el pop, la canción romántica calamarezca y el punk. Un grupo que trae la diversión y la alegría contagiosa a sus shows sudorosos, con una mirada crítica sobre el presente y la atención siempre puesta en la fragilidad individual —construida desde los propios miedos, con toda la mierda que uno arrastra desde chico.
Sucios y desprolijos, el rock de reybruja es bien argentino: caótico y descarado, con melodías simples y letras directas, pero con mucho corazón, sentimiento y visceralidad. El grupo no se anda con medias tintas y usa todos los recursos que tiene a mano: guitarras eléctricas que se encienden cuando hace falta, acústicas que invitan al fogón contemplativo, armónicas que evocan los fantasmas de León Gieco, maracas, panderetas y sintetizadores Korg que marcan un ritmo hipnótico y generan ruidos inesperados en el mundo del rock barrial. Todo eso, sumado a una fuerte presencia escénica, convierte cada show en una experiencia demoledora: rocanrol con reviente y excesos, cargado de urgencia y rebeldía.
Reybruja tiene un público fiel que agita y hace pogos, canta y revolea cervezas, grita, se emociona y llora, se trepa al escenario y se confunde con la banda en un caos eléctrico que roza el pandemónium. A veces alguien revolea una remera o se afana una maraca —cosas del rock. Reivindicando paso a paso el viejo rock argentino, cada show de reybruja es único: un tsunami sónico que no puede detenerse y te arrastra.
