En un mundo obnubilado con el sistema decimal el contexto en el que caen los 50 años del golpe de estado más vigente de toda América Latina no podría ser más atroz. Marcado a fuego por la ausencia, pero esta vez la de los vivos que es aún más trágica. Hoy la lucha, más que nunca y como siempre, está en la calle.

 

Cuando pase el temblor

 

Esperar que algo pase. Cumplir protocolos abstractos, fútiles, oscuros y fétidos. Aquel cuerpo latiente que escapó estoico a designios y estructuras que pretendieron ser impuestas hoy se arrastra mutilado. Reflejado en sus representantes, lo cual no deja de ser moneda corriente, pero también, y es acá donde asumimos, lloramos y masticamos la derrota, en sus motivaciones y pulsiones culturales. Algo huele mal en la Argentina.

El 24 se presenta edulcorado, fantasmal y digerido. Su potencia vital, acaso aquello único que le otorgaba carácter transformador y eterno, se diluye. Cuando se pierde el terreno, el espacio que se creía ganado, el semblante flaquea y la recuperación es lenta, caótica y muchas veces solitaria y reflexiva. El cuerpo herido busca sosiego en algún escondite vital que cicatrice y vislumbre una cartografía nueva.

Años de ostracismo representativo donde el sentir eterno de un supuesto triunfo anidaba en nuestras almas dio lugar a la barbarie simbólica que habitamos. Saberse derrotado, asumiendo anhelantes la posibilidad del retruque, es menester. Y ahí, amigo, hoy y como siempre, debe estar la Cultura. Con mayúscula, con coraje, virtud y pulso vital. La de las bases, la del barrio, la esquina; desfachatada, voraz y contundente.

Atrapados en las fauces del Leviatán no sabemos bien qué hacer. Entendemos que el contexto llama, convoca, sangra y pulsiona a enarbolar a los caídos pero algo paraliza. El objetivo del enemigo parece alcanzado, igual siempre queda algo. Aquellos que motorizan a los oscuros, marrones y bárbaros habitan nobles entre la podredumbre. Despuntan los nombres propios que, en un marco tremendamente deslucido y licuado, no consiguen perpetuar la conciencia colectiva, esa que indefectiblemente moviliza.

La lucha que colectivos populares, culturales y sociales llevaron a cabo durante décadas con el objetivo firme de mantener viva la resistencia se arrastra en busca de identidad colectiva.

Deber, suponer, imponer una victoria en un terreno tan pantanoso e inestable como el de la memoria social es error conceptual, funcional y simbólico. Aquello que se trata de fijar en el inconsciente desde estructuras partidarias despersonalizadas suele, y debe, tener malos resultados. Aquí queda el honor y el respeto de una memoria violenta, ardida y presente. Esa es la que reivindicamos, la de la lucha y no la de las instituciones que, más allá de algunos años de empática presencia, siempre, y repito siempre, fueron parte del enemigo.

Eso es honrar.

 

Murallas

 

Encontrar compromiso más allá de la viralización. Recuperar instancias despreciadas desde donde siempre se construyó sentido, trascendencia y memoria. La calle como escenario vital e indispensable para reafirmar corporalmente los posicionamientos. La calle y el cuerpo; la esquina, el barrio, la esencia misma de la resistencia. Esa caminata circular, constante, manifiesta y valiente que constituyó durante años el pilar simbólico y tangible de la potencia hambrienta y feroz del reclamo, de la exigencia. Ese símbolo que perdió luz, energía y vitalidad cuando fue diluido por aparatos que lo transformaron en slogan.

El cuerpo anhelante pide volver a ser usado. Volver a ser. Aquello que se perdió en la virtualidad, intenciones espurias al margen, necesita, implora renacer. El invierno de los signos, de las modas, de los likes, de los slogans. Hay una calle que espera vacía e injusta. Cooptada por espíritus vacuos, inicuos que celebran las desgracias de las vehemencias. Que se adueñan de las formas de la rebeldía y las licuan en insultos burdos y falacias de hombres de paja.

 

Oxidarse o resistir

 

Aquel linaje resistente -Abuela, madre, hijx- sólido, intenso y constitutivo tuvo su soporte cultural en la representación cultural del trayecto. Si el rock simbólico,festivo y metafórico de los 80s tuvo su correlato violento, directo y revulsivo ante la resignificación de los demonios, todos, de los 90s; hoy esa respuesta, vital, activa, directa y violenta mutó en puro y duro concepto hueco. Reina una oquedad hija de la banal sensación de una batalla cultural resuelta, ganada. Nada más lejos. Anida un cuerpo colectivo ya casi fantasmal que se desangra ante la impasividad general. Aquello que lastima, lastima el doble si hay quietud. Heroes anclados en el mutante silencio del yo absoluto como lema. Fluir. Claridad en el decir, eso fue el sentido de la militancia activa, formal e indeclinable que caracterizó al movimiento que acompañó el camino de la memoria y la resistencia. El vacío simbólico de la enunciación y, sobre todo, de la acción ganó terreno en las filas virtuales de la modernidad. Falta, entonces y una vez más, cuerpos. La repetición feroz de la tragedia.

Queda apurar el paso, adrenalina, cuerpos, el tuyo y, sobre todo el del otro, par, amigo, piedra, sostén y emoción. Ahí se cuece, lento pero seguro, el caldo.

Ronda continua, eterna. El loop con más sentido de la historia argentina. La voz, osca, apagada e innoble se posiciona feroz: “Circulen” y circulan. Como siempre, como abuelas, como madres, nuclean, congregan y apañan. El calor de la familia, ausente, desgarrada y arrancada se materializa en cuerpos poseídos por mantras de amor que no se dañan por nada.

Reivindicamos, deseamos la calle. La hora, ahora, es de los nietos. Los cuerpos que guiaron, hoy desgastados, heróicos y fundidos se marchitan y, como flores secas que se guardan entre las hojas de los libros, perfuman los recuerdos y deben movilizar el presente.

 

Nos vemos, marchamos y no olvidamos. Cuerpo a cuerpo, espalda con espalda. Ahora y siempre.

 

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