Vengo a preguntar ¿Qué pasa con el mundo?
Es tiempo de cambiar, piénsalo un segundo
Lali, Tu Revolución (2016)
Es domingo. Mientras escucho un stream que palpita los resultados de una elección de medio término sobredimensionada hasta el cansancio por el propio gobierno nacional, me subo al 34. El periodista, entre denuncias de coimas y la rutina de un domingo electoral, se permite un desvío: menciona el show de Lali de ayer. A mí me espera el cuarto Vélez que la ex Teen Angel agota en 2025. Cuando empiecen a circular los números de la provincia de Buenos Aires, ella estará cantando Lokura ante miles de personas. Esta vez no twitteará su reacción a los resultados: ya no hace falta.
Desde sus comienzos en las producciones de Cris Morena hasta este presente de diva pop, Lali tuvo que transformar su imagen y proponer algo nuevo para llenar un estadio. Como Britney o como Taylor, supo trascender la etiqueta de “niña” con la que la conocimos y convertir en arte un devenir identitario forjado a la vista pública. Su estética como solista es lúdica y sexy, nutrida por la cultura LGBT+, el corazón político de su fandom y una pulsión transformadora. Me resuena la definición de Ariel Gómez Ponce (2023): la cultura pop como un espacio donde lo masivo y lo popular se contaminan, producen subjetividades y sentidos colectivos.
Tras las elecciones de 2023, su tuit —“Qué peligroso. Qué triste”— se viralizó y desató la furia libertaria. Javier Milei la rebautizó “Lali Depósito” y la acusó de “vivir del Estado” por sus presentaciones en festivales públicos. Ella respondió desde el escenario, cuando en Quiénes son? agregó la frase “que si vivo del Estado”. Porque si aceptamos que, pese a los avatares del mercado, la música pop es por su masividad una arena donde se disputan sentidos sociales, no debería sorprendernos que sea desde ahí donde Lali se convierte en amplificadora de la voz de su público.
Tras la decepción del gobierno de Alberto Fernández, algo de aquel entusiasmo progresista quedó vacante. Muchos consumos culturales comenzaron a funcionar como sublimación de una militancia política que se había vuelto incómoda. El lanzamiento de Fanático en septiembre de 2024 no fue un simple single: se vivió como un manifiesto. Después de meses de hostigamiento virtual, Lali devolvió las agresiones transformadas en estética. Desde las frases que parodian la indiferencia de Milei (“te encanta hacer como que no tenés idea quién soy”) hasta la escenografía que ironiza con la palabra “depósito”, todo fue declaración. Con su estética rockera y su letra sobre obsesión y fanatismo, Fanático mostró cómo la ironía puede volverse arma y el pop, trinchera. Juan Terranova (2024) leyó el videoclip como un documento crucial: no solo en la trayectoria de Lali, sino como el primer paso para la construcción de una oposición cultural al gobierno de Milei. El presidente es figurado allí como un fan despechado, un imitador fallido incapaz de encontrar su propia identidad. Lali, en cambio, emerge como figura popular con una conexión genuina con su público. Ese discurso jugado terminó por darle el respeto masivo que merecía desde siempre.
“Es pop”, dicen para bajarle el precio. Pero en un mundo donde incluso gran parte del rock se volvió commodity de las industrias culturales, el pop de Lali se propone como rupturista: por su masividad, por la creatividad transformadora de su público, por la presencia de artistas drag que una vez más desplegaron su performance en un Vélez lleno.
El show del sábado 6 de septiembre de 2025 fue un evento de enorme envergadura y carga simbólica, el tercero que Lali agota en este estadio en lo que va del año. Ante 45.000 fanáticos, el concierto combinó espectáculo masivo y declaraciones políticas sutiles, consolidándose no solo como figura pop, sino como referente de la cultura de la resistencia.
Uno de los momentos más impactantes fue el inesperado cover de Vencedores Vencidos de Los Redondos, reversionado de manera auténtica, respetuosa y potente. La elección no fue casual: esa canción, con su mensaje sobre poder y derrota, estalló en un estadio un día antes de la elección, en medio del coimagate. La operación estética de Lali se entiende como híbrida: que una diva pop cite a Los Redondos mientras despliega pirotecnia, visuales, coreografías y cambios de vestuario no es contradicción, sino la prueba de un pop argentino capaz de dialogar con tradiciones consideradas “altas” en la jerarquía cultural local. Ese cruce es también un gesto político: inscribir al pop en el linaje de legitimidad rockera, sin renunciar a su artificio lúdico ni a su costado masivo.

Ese mismo fin de semana estrenó Payaso, un tema de sonido rockero que evoca riffs de AC/DC, casi como un Fanático parte dos, ya que la figura del payaso había sido anticipada en aquel videoclip. Con frases como “Vas a tener que bailar / hoy sos el show principal / y aunque tu sueño es actuar / te queda grande el disfraz”, la canción pone el broche conceptual a esta etapa: una declaración de valentía pop que no rehúye el conflicto político, sino que lo incorpora a su narrativa artística.
Son las 21 del domingo 7 de septiembre y el público alterna entre corear “el que no salta, votó a Milei” y cantar Persiana Americana, que suena de fondo. La energía es mezcla de anticipación y tensión política. En medio del campo, una bandera blanca dice: “Cristina Libre”. En mi celular aparecen los primeros números de la elección en la provincia de Buenos Aires: el rechazo al gobierno nacional es contundente.
Lo que ocurre en Vélez excede el ritual del fanatismo musical. El discurso de Lali siempre convoca a un paradestinatario —el público— a tomar posición frente al adversario. En el estadio esa dinámica se vuelve palpable: los cánticos contra Milei y las banderas con consignas políticas convierten el concierto en un espacio de contrahegemonía, donde la masividad del pop habilita formas de resistencia cultural frente al poder.
A las 21:20 se apagan las luces. Como alarma, suena “la llamada del demonio”. Lali y su público entonan Lokura. En el escenario, ella es diva de color local: habla nuestro idioma aunque canta “Bailo como Britney, visto como Cher”. Con esa frase desnuda el pop como artificio, expone la teatralidad y, al mismo tiempo, nos acerca a la historia de superación de una piba de clase media que labura mucho y le va bien. Esta vez es el público el que le devuelve a Lali la actualización de quienes son “que si vivo del estado” grita una cancha llena.
Antes de Soy, el estadio vuelve a gritar “Milei basura”. Ella responde: “Orgullosa de ser, siempre”. Esa declaración enlaza su recorrido: de ex Teen Angel a celebrity activista, su figura se nutre tanto del activismo feminista y LGBT+ como de la estética hegemónica del pop global. En ese cruce radica su potencia: hablar en clave local e inscribirse a la vez en una conversación transnacional. Conmovida, cuenta la historia detrás de Boomerang y la traslada a la incondicionalidad del público.
Lali en Vélez no ofrece solo un show pop masivo: levanta una trinchera estética desde donde disputar sentidos sociales. En tiempos de polarización, esa hibridación entre espectáculo y política convierte su figura en icono de resistencia. El show cierra con una sorpresa monumental: un quinto Vélez anunciado para el 16 de diciembre.
