El presente empuja a todos a pronunciarse sobre lo que sea. A favor o en contra, no importa. Pero hay que decir algo. Y, en muchos casos, el trap y sus artistas incipientes fueron la excusa para que los opinólogos ejercieran su derecho a la doxa y a la anécdota. Se ejerció por todos los medios posibles: reels, blogs, newsletters, Substack, revistas, análisis sociológicos y periodismo “especializado”. Aun así, pocos encontraron algo más que el elogio o la condena. Las voces se movían entre las alabanzas a estos jóvenes que “estaban cambiando las reglas de la música” y la crítica frente a un fenómeno marketinero, autorreferencial hasta el hartazgo y absorbido por los deseos del capital. Entre la necesidad y la nostalgia: los que quieren creer a toda costa en la aparición de “lo nuevo” frente a los que dicen “no es suficiente”. En ese sentido, si bien no podemos decir que El ritmo no perdona (Caja Negra, 2025) sea “un libro más”, no termina de cumplir con lo que promete su subtítulo: Una historia crítica del TRAP, el Hip-Hop y el RKT en el nuevo siglo argentino. Las razones son varias.

Es posible que hubiera no pocos lectores esperando un libro sobre trap, alguien que tuviera algo para decir. En ese sentido, el mercado había allanado el terreno. Podemos decir que había, al menos, tres públicos posibles: 1) el público joven que consume todo lo que sale sobre sus amados artistas; 2) los periodistas especializados o “sociodistas”, que siempre buscan material para su “columna” sobre música; 3) lectores de carácter más teórico y crítico que buscan, sobre todo, hipótesis, conceptos y una escritura intensa. Si nos dejamos guiar por el título, podríamos imaginar que encaja en la tercera categoría; sin embargo, el carácter puramente crítico y conceptual queda condensado, sobre todo, en las veintiún páginas del prólogo escrito por Pablo Schanton que, como nos tiene acostumbrados, logró, por igual, un texto dinámico, con una prosa ágil, al mismo tiempo cercana y de continuos destellos conceptuales. Frente a ese gran prólogo, la narración/reflexión a dos voces de Camilia y Amadeo se transforma en una conversación morosa donde la opinión se mezcla con la anécdota, el divague y los datos curiosos sobre los artistas. Pueden desarrollar sus insights sobre la ternura en Duki vs. la velocidad en YSY A a lo largo de varias páginas, con un tono que se acerca más al poema de amor que a la crítica. Donde podría haber reflexiones más crudas, algo de aparato crítico, conceptualización propia y riesgo, se procede por acumulación de información, datos de color y biografemas. En ese sentido, volvemos a uno de los problemas principales al hablar de música: la pasión por buscar la sustancia de una obra o un movimiento en la biografía.

Me viene a la mente un comentario que, si mal no recuerdo, proviene de Miguel Vedda, traductor y profesor de Literatura Alemana. Un compañero me dijo alguna vez que Vedda había hecho un elogio del crítico desapasionado: ese sería el estado necesario para realizar un análisis crítico. Hay veces que es necesario encontrar una mediación, una herramienta de pensamiento capaz de darle claridad y orden a la experiencia. Sobre todo, teniendo en cuenta que los autores del libro no son estrictamente contemporáneos al surgimiento del fenómeno musical y que se narran a sí mismos como adultos fascinados por algo que está más allá de lo que sería una experiencia artística adecuada para su edad. Es decir, saben de antemano que ellos no son el “público objetivo”. Esa dislocación está presente en la escritura y se vuelve sensible a través del pathos del texto.

Mientras nos damos cuenta de que siempre “es un enamorado quien escribe”, vemos que la distancia entre el enamorado y su objeto de deseo es similar a la de un señor ya entrado en años enamorado de una chica joven. Obnubilados por el brillo, la velocidad, la energía de una generación, se deslizan poco a poco hacia una visión casi idealizante de una juventud que surfea en las condiciones actuales del mercado y su lenguaje como crías de tiburón blanco.

En ese sentido, quiero marcar una diferencia con un gran acierto de traducción de Caja Negra: Más brillante que el sol, de Kodwo Eshun. No se trata de que “no estar enamorado del objeto” sea lo que hace posible, un análisis, porque claramente la relación de Eshun con el afrofuturismo, el post-soul y la música electrónica es profundamente erótica. Se trata, más bien, de la diferencia entre escribir como “espectador” y descubrir el proceso de transformación al que nos sometemos cuando reconocemos que el objeto del cual hablamos es “esotérico”, está dentro nuestro y necesita, para venir al mundo, un lenguaje propio. La música está en la prosa de Eshun, en la producción de conceptos, en la sintaxis. Es, en todas sus formas, una experiencia devenida escritura-pensamiento.

Es ahí donde El ritmo no perdona queda a mitad de camino: como el relato de un espectador enamorado que no termina de realizar una etnografía. Hay, eso sí, algunos breves análisis o referencias líricas que no terminan de cuajar, que funcionan como ejemplo contingente de una observación sobre las condiciones subjetivas o emocionales del artista: “X es claramente Z porque en algunas de sus barras dijo A, B y C”. En esos momentos el proceso reflexivo se vuelve superficial y la posibilidad de explotar la materia lírica desaparece. Es justamente en el análisis de una poética donde podemos acceder al vínculo más íntimo de una subjetividad, tanto por lo que es como por lo que proyecta hacia el futuro como estructura sensible. Ahí la historia se nos revela realmente y el arte deja de ser un documento. 

Escribir sobre música es difícil. Mejor dicho: “escribir la música” es difícil. La documentación, el catálogo, el anecdotario son, algunas veces, un trabajo necesario. Sin embargo, es una experiencia que se queda, en la mayoría de los casos —por decirlo de alguna manera—, en la “platea preferencial”. Y eso es difícil de disimular, y no corresponde a una cuestión meramente etaria o cronológica.

La música no requiere un ejército de testigos. No es un espectáculo: es una experiencia que exige que le tomen el pulso. La vibración atraviesa el aire, llega al cuerpo, interviene el ritmo cardíaco, la sangre y hasta la piel. En el mejor de los casos, también activa el músculo e invita al lenguaje a construir un agenciamiento nuevo, fabricar ritornelos y reformular la sintaxis: la textura sonora de la materia verbal.

Es por eso que, al leer el prólogo de Schanton (1965), sentimos una frescura que no aparece en el diálogo entre Amadeo (1984) y Camila (1990). La escritura del libro no realiza comunión con el objeto ni lo interviene: construye un relato afectivo, una crónica sensible de una época que le es ajena, lejana, y donde los autores parecen querer registrar una intensidad que se les escapa y que añoran por igual. Por el contrario, hay algo de la velocidad y el ritmo de la sinapsis trapera que, en el caso de Schanton, está en la escritura. Pero es algo que excede el presente, y podemos verlo en cada texto: sea sobre electrónica, rap o la intro de un tema de Led Zeppelin. Sucede algo similar a lo que sucede cuando leemos un libro sobre jazz y comparamos la experiencia con Los vagabundos del Dharma o Siberia Blues. Es en esa diferencia donde “el ritmo no perdona”. O bailas al ritmo realmente o quedás fuera de la pista. 

No soy fan del RKT ni del trap; tampoco soporto la lírica de la mayoría de los artistas que componen el género (salvo Malandro, que sigue pareciéndome interesante en su versatilidad y uso de la lengua). Pero si hay una forma de captar la época, es estar a la altura de su ritmo, porque ahí es donde se compone el sentido realmente: no el del signo lingüístico entendido de manera llana, sino lo que el ritmo hace con el signo y con la sintaxis.

Pienso en varios autores enamorados, también publicados por Caja Negra y harto conocidos: Mark Fisher y Simon Reynolds. En ambos casos, en sus mejores momentos los textos que escriben exceden ampliamente la documentación, aunque estén llenos de información, referencias, links, etc. ¿Por qué? Porque la música deviene otra cosa: fantasma, imagen, concepto, metáfora. Es decir, las canciones y las bandas operan como herramientas del pensamiento, tienen poder agentivo. Es el amor como agente transformador, erotismo lunar. 

Si hay algo que destaca de El ritmo no perdona es que no deja de ser una empresa ambiciosa. No por el período de tiempo que abarca, sino porque el objeto con el que trabaja, el ecosistema donde circula y su vínculo con el mercado y la vida digital impulsan una proliferación viral (¿o virósica?) que nada tiene que envidiarle al Covid. Trabaja con material efervescente que se diluye y se multiplica en la red: cientos de nombres, singles, colaboraciones, videos de YouTube, eventos, remixes, chismes, beef, etc. Pero es justamente esa intención abarcativa la que termina por jugarle en contra. Más que un libro sobre la historia de algunos géneros —¿ya en decadencia?— de la mal llamada “música urbana” (como si el rock, el jazz o la electrónica hubieran nacido, en cambio, en la llanura pampeana), quizá hubiera sido más humilde y efectivo encontrar una clave de lectura que permitiera leer el fenómeno, como puede serlo el libro de Grafton Tanner sobre el vaporwave: Un cadáver balbuceante (Holobionte, 2016).

Hablar sobre lo presente y lo fugaz es siempre riesgoso. ¿Por qué? Porque corremos el riesgo de que aquello de lo que hablamos se disuelva entre las manos o —si es pensado como un conjunto de fenómenos aislados y no como un continuum— envejezca rápidamente. Hablar del presente y de lo fugaz exige una percepción dinámica. Como podría decir Deleuze, un buen concepto no describe un estado de cosas ni define una esencia, sino que capta un acontecimiento. Se trata de trazar un territorio y seguir líneas de movimiento, de captar fuerzas, velocidades y variaciones. Esa es la condición que el libro debería cumplir para considerarse “una historia crítica”. Falta una hipótesis fuerte y faltan conceptos. La serpiente se muerde la cola: no hay posibilidad de captar movimiento si no se comulga con el ritmo. El ritmo es el pensamiento.

El trabajo de escritura a cuatro manos siempre es un desafío. Si tuviera que definir el libro, diría que es un diálogo nostálgico entre dos enamorados, avasallados por la belleza de algo que no terminan de comprender. El ritmo no perdona podrá no ser un libro para críticos exigentes, pero sí un buen panorama para jóvenes fanáticos del RKT y el Trap cuyas ambiciones formativas son mayores al promedio: jóvenes que quieren sentir que los adultos también pueden hablar con respeto e interés de las cosas que ellos disfrutan. En ese sentido, se celebra la captación de un posible público lector, de producción netamente nacional, ya que los autores no se resignaron —como lo hicieron muchos en la música electrónica— a considerar que su público “no lee”.

 

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