The Boys of Dungeon Lane, lanzado el 29 de mayo de 2026, es el disco número diecinueve de estudio de Sir Paul McCartney. Una producción bastante esperada, ya que el anterior álbum –McCartney III– salió en 2020. Seis años después, el mayor compositor de canciones pop de la historia nos vuelve a sorprender con un álbum excepcional. El disco cuenta con un sólido repertorio de temas compuestos a partir de 2021 y grabados desde ese año hasta 2025. Hay que pensar en todos los proyectos de los Beatles que hubo en estos últimos años, por lo que no es raro que este lanzamiento se haya retrasado. Un disco que sorprende a los fans y es una alegría importante para el resto de los melómanos. Seguramente sea su mejor álbum de los últimos veinte años, que aunque tiene nostalgia también destila energía. Y es que la voz de Paul resuena al natural, casi sin efectos, cansada, pero vivida. Es una voz sorprendentemente enérgica a sus casi 84 años y que aún tiene muchas cosas para contar. El disco por momentos suena melancólico, pero no siempre, afortunadamente. Porque, si bien las letras están muy orientadas hacia la nostalgia, los recuerdos son mirados desde el hoy. No es una nostalgia lacrimógena que no solo se queda en aquellos años pasados, sino que también revisita varios lugares actuales de su vida.
Es que es un Paul auténtico. No está queriendo ser moderno ni congraciarse con las nuevas generaciones. En ningún momento McCartney abandona esa fórmula que lo hizo ser quien es. Casi todas las canciones del disco funcionan con la producción que tienen encima, pero también funcionarían con una guitarra sola, en plan fogón. Así de despojado suena el artista en este álbum. Un disco muy sólido, que no tiene que demostrar nada a nadie. Uno ya sabe para dónde puede ir Paul y para dónde no, pero también hay una cierta frescura que trasciende y llama la atención. Por momentos, McCartney sale de la zona de confort y hace cosas que no hacía tan seguido. El acierto es que Paul delegó la tarea de producción en Andrew Watt, sin tratar de sonar actual, moderno y juvenil. Por el contrario, deja en manos de Watt eso, y el productor es un especialista en darle una pátina de modernidad al sonido del disco. Watt ha trabajado con artistas muy jóvenes como Justin Bieber, pero también está trabajando con artistas añejos como los Rolling Stones (en el celebrado Hackney Diamonds y en el próximo que saldrá en este 2026), Ozzy Osbourne (Ordinary Man), Lana Del Rey, o Future Nostalgia, de Dua Lipa, uno de los álbumes pop más exitosos de los últimos años. Un productor bien capaz de mezclar lo orgánico de las guitarras con las máquinas. Watt no solo participa como productor en este disco de McCartney, sino que hasta aporta desde la parte lírica, como músico y coautor de varias canciones.
The Boys of Dungeon Lane arranca con «As You Lie There», un temazo que comienza con un acorde de guitarra bastante particular, que luego se va acomodando con una seguidilla de triadas, acordes de tres notas, y un recitado de McCartney spoken words, a lo Leonard Cohen. Un comienzo curioso y atractivo para el álbum. Un recurso poco habitual en la carrera del exbeatle. Esta es una canción coescrita con Watt, en la que Paul toca casi todos los instrumentos (guitarras acústicas, eléctricas, bajo, piano, piano Rhodes, batería…), y es uno de los temas más eclécticos, porque comienza con un ambiente misterioso, raro, para luego originar una explosión sonora que lo vuelve heavy hasta desembocar en un final un tanto meloso. Una canción que va pasando por diferentes atmósferas. La letra habla de una chica de la que Paul se enamoró muchos años atrás, un amor platónico no correspondido. Sin dudas, una gran apertura para el disco.
El segundo tema es «Lost Horizon». Un rocanrol bastante rutero y tranquilo que McCartney había compuesto hace mucho tiempo y que un ingeniero de sonido amigo rescató de unas viejas cintas DAT. Puro Paul con guitarras acústicas, eléctricas, bajo, batería; un tema bien básico. La tercera canción es «Days We Left Behind», que encaja muy bien en la mirada nostálgica, reforzada por la instrumentación y la forma de cantar de Macca, casi susurrando. El tema habla de una zona de Liverpool en la que vivió de chico y en donde también habitaba George Harrison. Entonces se mezclan las referencias, porque no solo habla de esa época de niño sino que también nombra su casa de adolescencia y juventud. Quizás esta canción vaya a estar próximamente en sus shows en vivo, teniendo en cuenta que ya la estrenó en el famoso programa Saturday Night Live.
La cuarta canción es «Ripples in a Pond», una bonita página romántica que le da una onda moderna al disco, cercana a lo mejor hecho por el cantautor en los últimos años. Una canción de amor dedicada a su esposa Nancy Shevell, de la que no hay mucho más que destacar. La sigue «Mountain Top», un tema en el que entramos en un terreno fangoso, porque Paul se imagina aquí la historia de una chica drogada en un festival. Raro, porque aunque intenta ser psicodélico se queda a medio camino de todo. Hablar de hongos locos a esta altura de su vida no le hace bien a la prosapia mccartiana, que termina derrapando en una montaña de sonidos que no van hacia ningún lado. Quizás, una de las partes menos favorecidas del álbum. Un tema que hubiera estado a tono en las exploraciones sonoras de 1970 pero ya no va más. La sexta canción del disco es «Down South», que habla de los viajes que Paul y George Harrison hacían de adolescentes. La famosa excursión al sur y esta costumbre que tenían de viajar de la manera más económica, haciendo dedo. De hecho, la letra es una crónica de estas aventuras juveniles. Es una historia de amistad real ocurrida a finales de los años 50 que los llevó a un pueblito al sur de Gales. Un típico relato de la época y sus vicisitudes: viajando sin plata, sin comida ni lugar en el que parar, a la buena de Dios. Simplemente, McCartney recordando a su viejo compinche musical. La canción es corta y linda, con guitarra acústica y voz casi hasta el final, con una melodía deliciosa.
La séptima canción es «We Too», un tema bastante simple, casi un mid-tempo sin demasiada producción añadida, grabado en una máquina de cuatro pistas, como se hacía allá lejos y hace tiempo en la época analógica de los Beatles. Una linda canción aunque no sea de lo mejor del disco, un pop tranquilo y agradable con una letra romántica. Jugando con esa estética vintage, al final de la canción se escucha la cinta rebobinar. La sigue «Come Inside», un rocanrol del que no hay mucho para decir. Sin embargo, es un temazo. La letra no habla de nada pero su ritmo lo hace candidato a ser tocado en vivo. Lo veremos más adelante. El noveno tema es «Never Know», otra canción que tiene un entramado medio extraño, una cadencia peculiar, con cintas al revés, el melotrón que recuerda a los Beatles, con melodías y armonías que lo emparentan también al sonido de los Beach Boys. Una canción que habla del sentimiento de libertad que se vivía en la California de finales de los 60.
El álbum entra en su última parte con «Home to Us», una canción espléndida, inteligente y con onda, cantada a dos voces con Ringo Starr. Aparentemente, Paul la compuso pensando en Ringo y así se da este encuentro en el estudio en donde, además, Starr toca la bata. Una canción heredera de «Penny Lane», con ese viejo aire bien british, con unas letras que dan cuenta de aquella vida difícil en los barrios bajos de Liverpool. Un tema que romantiza la pobreza, seguramente, pero no desentona con el clima imperante del disco. «Life Can Be Hard» no tiene nada que ver con esto, ya que es una canción que habla de la vida en cuarentena. Acá McCartney juega a ser crooner, a ser Sinatra, con esos arreglos music hall que tanto le gustaron siempre. Seducción y alegría no le faltan a este tema, que quizás sea uno de los mejores momentos del álbum.
El tema número doce, «First Star of the Night», habla de una anécdota real, ya que fue hecho durante un concierto lluvioso en Costa Rica. Una lluvia tropical que lo llevó a McCartney a componer esta canción, muy sencilla, acústica y tranquila. La sigue «Salesman Saint», otro tema que apunta al sentimiento acústico, con una trompeta de película, en el que da cuenta de la vida de aquellos viejos obreros británicos –haciendo hincapié en la historia de sus padres: enfermera la madre, bombero el padre– que tuvieron que soportar la guerra y sus trágicas consecuencias. Una canción polirrítmica muy loca y compleja, en la que entra un arreglo de una big band medio disonante. Un tema testimonial que cuenta muchas historias de gente pobre: ingleses, galeses y escoceses. Una lírica directa y simple que retrata los tiempos de escasez. Sin duda, un momento muy atractivo del disco, que se cierra con la emotiva balada «Momma Gets By», un final formidable. Tremenda canción en la que Macca la descose en piano y voz, con una letra en donde se revisita el pasado, inventando situaciones, creando mundos ficticios. Una temática un poco rara que dice: «Mamá se las arregla, mientras papá está drogado…», todo bajo la visión de un niño. Un vuelo de fantasía hecho canción, que cierra un disco entrañable y recomendable, repleto de melodías geniales. Tiene sabor a despedida, pero ojalá no sea el último. Esperemos que no.
