Te enterás de la fecha por teléfono. Mirás el line up en Instagram. Comprás la entrada por una aplicación. Te llega por mail la entrada digital. Scrolleas para reservar un lugar para dormir por Airbnb o Booking. Mirás el mapa de la ruta en Waze. Viajás escuchando las canciones de tu banda favorita por Spotify. Estacionás. Te fijás como llegar a pie en Google maps que te aclara cuántos minutos vas a tardar. Comprás la remerita trucha con transferencia. Te desacomoda el olor del choripán que venden por ahí. Presentás el QR en la entrada. Cargás la pre compra de comida con el descuento del banco que auspicia. Pedís y mostrás la pantalla y te dan unas papas fritas. Filmas a las bandas que más te gustan. Te sacás una selfie con tu grupo de amigos para subir a las redes. La vida a través de una pantallita. Es tu escudo y tu jaula. De fondo, casi como una excusa suena música de rock.

La vida monitoreada y geolocalizada por el algoritmo.

Así, protegido y precavido vas a un festival de rock. Porque lo importante es no correr ningún riesgo. Salirse un metro de la fila provoca ansiedad.

“Tranquilo, todo bien”. Eso es lo que más se escucha entre los espectadores. Ese es el problema. El todobienismo como síntoma de un momento horrible.

En los últimos años se ha criticado la manera de vivir el rock en los ochenta y en los noventa. Se habla de la intolerancia de los públicos. De las bandas que se enfrentaban por legitimación o territorio. Se señalan los cánticos: “Cerati se la come, el Indio se la da” o “Que se muera Cerati la puta madre que los parió”. El conflicto como motor y como identidad. Si yo era metalero me cagaba a piñas con los rolingas y si era punk me peleaba con los hippies. Era así. No había mucha vuelta. Hoy, en Rock en Baradero pueden convivir los fanáticos de Rata Blanca con los seguidores de El Kuelgue. Aquellos que se emocionan con Babasónicos y los que saltan con Catupecu. Autos Robados con Peces Raros. Todo junto. Se ha perdido el límite. La demarcación que distinguía una cosa de otra fue tan importante como restrictiva. Ahora, vivimos en un tiempo sin principio ni final, sin derecha ni izquierda, sin adentro ni afuera; todo sigue, todo vale, todo bien. ¿Cómo alguien que gusta de El mató a un policía motorizado se pone a saltar con Los Pericos? Si me gustan Los Pérez García o Guasones es muy improbable que me guste El Plan de la Mariposa o la Delio Valdez. Pero hoy no. El festival pone toda esa ensalada como una lista de reproducción aleatoria. Todo en un continuum que no permite pestañear. Termina una banda y arranca otra en el escenario de al lado y es como si te sacaran el plato de ravioles y te sirvieran una milanesa sin pausa y vos comés sin masticar.

“La pendejada de que todo es igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo”.

Todo bien.

La música que acompañó la caída del kirchnerismo fue el trap. Su discurso “yo me hice solo”, “nadie me regaló nada” trajo la destrucción del otro como método para ganar. La música, como todo lo demás, se convierte en una competencia. Pienso en las batallas de las plazas donde todo parecía permitido para derrotar al oponente. La agresión como marca registrada. El ataque podía estar relacionado con algo del discurso o algo cien por ciento personal. No importaba. Solo había que vencer y si en el camino era menospreciaba al rival, no pasaba nada. La ideología importada sin modificaciones desde las entrañas del imperio tecnofeudal que esos pibes repitieron casi sin modificaciones lograron erosionar las bases no tan sólidas de ”la patria es el otro” o “un país con buena gente”. Esos slogans se evaporaron a fuerza de beats y frasecitas rimadas cuya mayor virtud era proponer al otro como enemigo. Pero ya pasó ese momento y el rock siguió igual, inconmovible, como un dinosaurio. Rock en Baradero es como un albertismo que amucha pero no tracciona. La tibieza al servicio de la comodidad. Parece que es más importante durar que romper, tejer alianzas que agredir, negociar que levantar la voz. O sea, política de la vieja. Si en la prehistoria del rock desde arriba del escenario se impulsaba el “rompan todo”, hoy el frontman de la banda ordena cómo hacer un pogo (“abriéndose”, “se viene”) o dialoga con un dron de la empresa que transmite el festival. A todo esto, el público encantado graba todo con el telefonito. Cuando antes eran los dientes apretados y la mandíbula rígida, ahora es la sonrisa socarrona y el todo chill como mantra. Si todo marcha de acuerdo al plan, no hay nada que discutir. Estamos perdidos. ¿Qué podemos esperar hoy de un público que en lugar de plantar bandera, cada uno cuida su vasito reciclable para consumir el Fernet al día siguiente? ¿Qué tribu, que antes escribía en la pared y ahora se vanagloria por un tweet ingenioso, va a sacudir la modorra? ¿Cuál va a ser la que se enfrente a este revival neoliberal antidemocrático de remera bordó y estandartes tipo romanos que se arrogan el poder de la violencia? Hay una pelea en puerta y nadie parece darse cuenta. Se avecina un combate cuerpo a cuerpo que no será viral en Tik Tok. La pregunta que me hago es ¿cuál será la música que acompañe a los soldados de este lado? ¿Algunas de las bandas del Rock en Baradero? ¿O hay que ir a buscar por afuera? ¿Será ese deja vu paranoico e intoxicado que es La Grecia? ¿Será el grito visceral de Marina Fages? ¿Será alguna banda que nos está pasando por debajo del radar? No sé. Lo que sí sé es que ante la pregunta que se hacía Erica García allá en 2002: “¿Está todo bien o todo como el orto?” La respuesta no es ser positiva. Está todo como el orto y desde ahí el único sonido que podemos escuchar son flatulencias.

Rock al pedo. Rock en pedo. Rock de pedo.

Y los olores, todavía, no los administra el teléfono.

Todo bien (por ahora).

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