Motivada por la buena campaña que está haciendo Ferro este campeonato, les escribí a los amigos de mi viejo para tomar una cerveza. Mi viejo murió en el año 2001, en Bariloche. Sus amigos de la infancia, de Ferro, de Caballito, viven acá en Buenos Aires. Uno de ellos tiene un bar, y cada tanto nos juntamos ahí y nos ponemos al día. Hay uno que está bastante sordo, otro habla pegándose un laringófono en el cuello. Se fuma porro. Mucho. Y nos reímos de las ocurrencias. Una tras otra. Anoche, sin ir más lejos, el que tiene la traqueotomía versionó “Around the world” de Daft Punk. Nunca me dejan pagar la cuenta. Y si bien son todos tipos grandes a los que hace años les pican cerca las balas y que tienen vidas muy diferentes a la mía, compartimos algo, un clima común, un sonido de fondo.
La primera vez que escuché Sumo fue años después de haber escuchado en un cassette grabado la banda de mi viejo. Él tocaba el bajo y cantaba, había viajado de adolescente a Inglaterra a principio de los 80 y había traído sonidos nuevos al barrio. Sumo me gustó inmediatamente, por el simple hecho de que sonaba como mi viejo, y en ese tiempo yo lo extrañaba mucho. Y si bien es cierto que con los meses le tomé gusto a otros temas, como “Hello Frank” o “White trash”, en esa época escuchaba “Estallando desde el océano” en loop. Es una forma de decir “en loop”, porque tenía que rebobinar el cassette, grabado de la FM del Lago, y volver a darle play.
Quizá es momento de aclarar que crecí en Esquel, a donde la tecnología llegaba un pelín más tarde, los discos llegaban a pedido y todo eso, en mi caso, se retrasaba aún más porque no éramos lo que se dice ricos ni mucho menos. En Buenos Aires, mis amigos porteños iban a Musimundo y escuchaban con auris las novedades sirviéndose solos, parados entre esa suerte de góndolas de supermercado llenas de discos donde había tres opciones por reproductor. Una locura.
En Esquel era diferente. Si querías escuchar un CD en el local, tenías que ir al mostrador y pedirle al vendedor que te deje probarlo. Si tenías suerte, podían ponerlo en los parlantes a todo trapo o, lo que era terrible a la edad de la vergüenza, podían darte auriculares en el mismo mostrador, ponerte el tema, y mirarte mientras lo escuchabas. Nunca entendí en base a qué variables el vendedor elegía una u otra opción.
Algo de todo esto explica por qué no tuve jamás, ni tengo siquiera hoy, Llegando los monos. Antes de que tuviera dinero para comprarlo, la tecnología se precipitó, y entre el Ares, el Winamp y las grabadoras de CD, “Estallando desde el océano” pudo ser uno de los soundtracks más apegados a mi biografía sin necesidad del original. El disco y yo cumplimos 40 años en este 2026 cargado. Tengo entendido que acaba de salir una reedición de Sony en vinilo rojo para celebrarlo, me interesa poco y nada.
Una de las cosas que recuerdo con más nitidez por aquellos días es haber buscado en el Larousse la palabra “tundra”. Down in the Pampa, up in the tundra. Y, también, reconocer la palabra “drain”, a la que había accedido, fascinada, a través de Nirvana. Hermosas palabras. Hermosas frases. Me gustaba ver pasar la imagen de otra estación de servicio, otra vos, otra estación de servicio, otra vos. Una experiencia estética desconcertante, mucho antes de conocer a David Lynch, mucho antes de usar palabras como “estética” o “desconcertante”.
Varios años después, cuando vine a vivir a Buenos Aires y empecé la facultad, iba a veces a visitar a mi tío a su departamento de Andrés Lamas. Tomábamos mate con él y con Guede, su amigo alto, desgarbado, con cara de Rowan Atkinson. Tocábamos la guitarra, y escuchábamos Sumo. Mi tío sí tenía el cassette original de Llegando los monos, y en algún momento sonaba en un Sharp plateado lleno de stickers y dibujos. Ninguno de ellos hablaba inglés, pero, como yo, de pibes, habían traducido todas las canciones para saber de qué hablaban Luca, Ozzy, los Stones o Bob Marley. Cantaban cualquier verdura en cualquier orden, pero sabían con toda precisión qué era lo que estaban diciendo.
“Estallando desde el océano” calza perfecto en la necesidad argentina del agite. Recuerdo a Guede sacudiendo el brazo como si estuviera hoy al lado mío. El ritmo, el uoooo, todo en la línea vocal y la bata podía ser agitado. Y, sin embargo, es un tema que tiene un fondo tripero, la posibilidad de un viaje, de subirse al vagón de las guitarras, dejarse llevar y no saber bien cómo volver. La melodía es efectivamente oceánica, pero concéntrica. Las guitarras (Mollo/Daffunchio) se trenzan de una manera muy particular, inclusive para la banda. Un vortex todo hecho de reverb y delay, en medio de esa base de Arnedo, pastosa, desde el cual algo parece que va a estallar y no. Nunca estalla. Junta energía, concentra, acumula. Y se va en fade, dejando a Guede pogueando bajito con el mate en la mano.
Después de esas sesiones de educación sentimental en el balcón de Andrés Lamas, Guede y mi tío me acompañaban a Puán 480. Me escoltaban, debo decir, y no dejaban de saludarme con la mano hasta que yo subía la escalera de la facultad y los perdía de vista. No me avergonzaban, al fin y al cabo yo no tenía tantos amigos ante los cuales avergonzarme. Pero siempre tuve claro que éramos un trío llamativo. Nos miraban. Guede parecía un Nicolas Cage desordenado, mi tío era una versión pequeña y con panza de Flea. Ambos con camperas de cuero nivel secuestro y zapatillas marca culo. Y yo, que prefiero no pensar en las decisiones estéticas que tomaba en esos años de formación.
Escuché “Estallando desde el océano” por las noches en mi radiograbador en la Patagonia, o a la vuelta de la escuela en mi walkman, mientras peleaba contra ráfagas de viento imposibles que me llenaban los dientes de tierra. Lo escuché en mi primer departamento en Buenos Aires, cuando todavía no tenía computadora, y cenaba a veces puré Maggi con queso rallado después de horas y horas de estudio. Sonó cada noche en el bar que supimos tener en San Telmo durante el macrismo, a veces mientras limpiaba el baño, otras veces entrada la madrugada, y también durante el duelo de haber tenido que cerrarlo para siempre. No hay recetas para sobrellevar una pérdida, pero en estos más de 20 años en Buenos Aires, cada vez que toqué fondo me compré una birra, puse Llegando los monos al taco y salí. Gateando, pero salí.
En mis primeros años en la facultad, entendí que Luca había sido un gran lector de poesía. Primero identifiqué el juventud divino tesoro de Rubén Darío en “Los viejos vinagres”, después fue el hasta que choque China con África de W. H. Auden en “As I walked out one evening”. (Ese es un verso que una amiga me hizo grabar para mi cumpleaños en una petaca que todavía conservo).
En uno de los más célebres poemas de Coleridge, «Kubla Khan», bajo los efectos del opio, sueña un domo de placer en el océano. Al este de Xanadú, erige un palacio según el plano que vio en su sueño alucinatorio y guardó en su memoria. Dice la canción: Más allá de las colinas, más allá de las praderas, abajo en la pampa, arriba en la tundra, y en París en primavera. Y en la vieja Pekín y en Katmandú. Y en Xanadú estoy estallando desde el océano. Del palacio soleado, cubierto de hielo en medio del océano alucinado, sale Luca, triunfal, estallando. Tomar la referencia como una alegoría de su relación con la heroína es negar la fuerza poética de estos versos, pero negar esta relación es a su vez estúpido. Él mismo dijo que salir de la heroína se sentía como estallar desde el el océano, para qué darle más vueltas.
Los amigos de mi viejo, anoche, abonaban y regaban la idea de que perdimos la final del Mundial porque los mafiosos de Betson nos apretaron a los jugadores. Yo escuchaba atenta. Busco, cada vez que los veo, imprimir en mi memoria su imagen. Me viene al recuerdo Enrique Symns: “Me despido de mí mismo y de mis amigos en el mundo que se termina (…) y me doy la bienvenida a mí y a mis amigos en este nuevo mundo al que hemos llegado, porque con él hemos partido”. No puedo, aún hoy, entender esas palabras con la cabeza, pero sí con el corazón. Al igual que “Estallando desde el océano”, forman parte del clima que llevamos adentro, un clima que ellos construyeron, como Kubla Khan, cuando yo nací, ese mismo año en que salió Llegando los monos. Un clima a veces pesado, lleno de humo, caries, intraterrestres y adoquín, que heredé con orgullo. Que atesoro, porque es lo que tengo, porque ese clima de la canción, que no tiene esperanza, pero tampoco miedo, me fue dado con lealtad y nada me pide. Y si bien mis tíos del corazón son los blind leading the blind, siempre me llevan a casa.

