Como bien advirtieron poetas y narradores de nuestra literatura ab initio (desde Echeverría hasta Borges), el Sur es un elemento fundante no solo del imaginario simbólico de nuestra más íntima naturaleza, sino que es un ancla cartográfica de sus extremos vitales, carnales, materiales y concretos: en él se huelen (no solo se juegan) la vida y la muerte. Con una salvedad: vida y muerte del hombre de acá. Vida y muerte situadas.
Eso se puede sentir leyendo cuentos o poemas, pero también escuchando música: por ejemplo, el disco homónimo de Manal, la «bomba»; por ejemplo, subiéndose a un Roca que va a La Plata, dándole play en mi celular al full album + singles, archivo descargado vía aTube Catcher. El álbum es de 1970, pero mi manera de escucharlo decididamente no es de 2026; podría ser más bien de 2016.
Se huelen la vida y la muerte. «Avellaneda Blues» es la pieza literaria más fúnebremente vívida del cancionero de nuestro rock. En su écfrasis no pueden ignorarse estos mismos olores que evoca el Sur, «un trozo de este siglo» (por el XX). Olores evocados por nuestra literatura, nuestro folklore, nuestro tango, nuestro rock nacional. Manal los supo percibir muy bien en el blues. Particularmente el del Delta del Mississippi: Robert Johnson, Skip James, etc.
Vivir, sí; pero ¿cómo?
Morir, sí; pero ¿cómo?
Repasemos un poco estas referencias con cierto orden: literatura, música.
En el cuento «El matadero», la inundación que nos permite situar la acción se ubica cerca del riachuelo de Barracas: el por entonces llamado Matadero de la Convalecencia, o del Alto, en la actual Plaza España, delimitado por las avenidas Amancio Alcorta y Caseros y la calle Baigorri. Riachuelo que separa Barracas y Avellaneda.
Un unitario descuidado proviene del Norte y se adentra en dirección al Sur. Echeverría nos deja en claro que un peligro se avecina en esa dirección. ¿Vivirá para contarlo?
En el «Poema conjetural» observamos cómo Francisco Narciso de Laprida (mientras se adentra, mientras «huye al sur») no puede evitar sentir el jolgorio que endiosa su pecho: encontrarse con «su destino sudamericano», que no es otra cosa que la muerte en la pelea a campo abierto. Reminiscencias interconectadas: en «El Sur» (volvemos a la narrativa) «Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura». No quiere morir en un hospital por un accidente boludo: quiere una muerte bien propia del siglo XIX, digna de sus ancestros militares, como los del mismo Borges.
Así como el punto cardinal bajo el que descansan, vida y muerte se reactualizan en el siglo XX, más precisamente a comienzos de la década del 70. Vivir, morir; sí, pero ¿cómo?
¿Algo de esto tenían en mente Claudio Gabis y Javier Martínez cuando compusieron, luego de un paseo nocturno por las vías del ferrocarril Roca, el puntapié inicial del blues criollo? ¿Hay algo de esa «muerte» que seduce a jóvenes nacidos en Coghlan o Villa Crespo?
En su Diccionario de símbolos, Juan Cirlot relaciona al Sur con el Yin, que en el Tao funciona como la energía que simboliza lo oscuro, lo frío, la quietud, la muerte: en principio lo negativo, que solo puede ser en reciprocidad con su necesario opuesto complementario positivo. Nuestra música tiene una fuerte exploración al respecto: desde el folklore y el tango, especialmente en esa zona yuxtapuesta que es la milonga y las armonías menores (yin) características de estos estilos, a través de las cuales tejen puentes con la expresividad más nostálgica del blues del delta, también situado «al Sur». Algo vieron en esa cifra del Sur los Manal, que era «muy blues». Algo en Avellaneda, algo en los trenes. Cierto embrujo que quizás también llamó al unitario en dirección al riachuelo. ¿Vivirán para cantarlo?
Los Manal se adentran al Sur. Pero al Sur de acá. Gabis, fanático de los trenes, le propone a un amigo un paseo de madrugada, al parecer ya en ese momento una «locura», y le cuesta convencerlo (fruto quizás de cierto instinto de supervivencia). Por ser blues es un poco no-acá: el tren aparece como objeto poético recurrente en el blues del delta. A la vez, por ser un poco sí-acá, es que tiene que ser tango, y que tiene que ser Avellaneda. Que tiene que tener una armonía menor, que tiene que tener unos acordes un poquito más raros y una estructura armónica que se aleje un toque del típico primera/cuarta/quinta de 12 compases. Inaugurar el blues en castellano se tiene que dar a lo grande, y cuanto mayor vuelo artístico, mejor.
Recordando ese paseo, Gabis señala: «Fuimos caminando por el terraplén, cruzamos Pavón por un puente en el que hay que ir saltando de durmiente en durmiente. A todo esto, ya eran como las doce de la noche. Seguimos caminando hasta llegar al Empalme Crucecita, que queda atrás de la cancha de Racing. Ahí estábamos realmente en el medio de la nada ferroviaria: los perros ladraban, no había nadie, todavía había locomotoras a vapor y se escuchaban las bocinas del diesel, las luces de la ciudad en el fondo, los carteles luminosos detrás de los monoblocks… Todo era muy blues».
En ese nudo de tradiciones, Manal encontró un horizonte posible para una excursión nocturna en los barrios industriales de fines de los 60 y principios de los 70; que aunó un cacho de la literatura argentina, un cacho del tango y un cacho del blues en ese trozo del siglo: el Sur. ¿Cómo vive, cómo muere el hombre de acá, de ese tiempo? Martínez y Gabis lograron con «Avellaneda Blues» algo más que darnos una respuesta: buscaron más bien mostrarlo, para que podamos, a través de la música y la poesía, contemplarlo como si fuera en tiempo real frente a nuestros ojos. Sin remitirnos a realismos mecanicistas impostados. Así como el Corán puede prescindir de los camellos y seguir siendo árabe, el tango puede prescindir del lunfardo y seguir siendo tango. Y una verdadera, atemporal pintura sobre la vida obrera en Avellaneda puede prescindir de sus protagonistas (mencionándolos solo al pasar y casi terminando la canción). De la primera afirmación de la analogía el responsable es Borges; de las últimas dos es prueba «Avellaneda Blues».
De más está decir que los debates en torno al «hombre nuevo» en boga en los 60 y 70, la alienación del sujeto en el capitalismo y el rol de lo colectivo en la transformación de las estructuras sociales se podrían plantear como un marco de discusión y contrapunto conceptual tentador en tanto contexto, donde el cuadro es el de una Argentina industrial que, a través de diversos procesos económicos y políticos neoliberales, comenzó a desmantelarse desde hace 50 años de manera sistemática. Sin embargo, Martínez no incurría en idealismos ni romantizaciones abstractas; tampoco en berretines ni en extremismos ideológicos: «Cuando yo era adolescente cundía la ultraderecha: los neonazis, los Tacuara, la Guardia Nacionalista Restauradora… La izquierda me quería convencer de que había que salir a matar milicos». Polémico, auténtico como era, no abrevaba en una poesía social ni mecanicista; tampoco en un vanguardismo verborrágico ni sanatero. Desde esa concretitud, desde esa contemplación profundamente humanista, supieron, junto a Claudio Gabis y Alejandro Medina, darle más fuerza a una poética de acá. Que se monta en un hilvanado de lugares, objetos, figuras y descripciones de índole pictórica, casi documental, donde fuerza artística es sinónimo de fuerza ideológica. Bastó tener olfato y, paseo nocturno por el Sur mediante, vivir para cantarlo.
Referencias:
https://caballitoregalado.blogspot.com/2014/09/genesis-de-avellaneda-blues.html
https://laagenda.buenosaires.gob.ar/contenido/57481-un-blues-para-avellaneda
https://laagenda.buenosaires.gob.ar/contenido/57332-un-heroe-del-movimiento
