La canción-imagen

Escena 48. Toma 7. ¡Action! Desierto y negrura. Ellos están iluminados. Irradian. Se besan, húmedos, en una playa nocturna con el viento costero agitando los pelos doradoalbinos de Alice Wakefield (una joven y deslumbrante Patricia Arquette). Long afloat on shipless oceans / I did all my best to smile. Las luces delanteras de un Ford Mustang encienden los cuerpos desnudos que se funden en la arena, ensalivados. Las tetas de ella, redondas y perfiladas hacia arriba, son también dos faros incandescentes a los que él se aferra con las dos manos. Till your singing eyes and fingers / drew me loving to your isle. Parecen fuegos devorándose, enlenguándose, uno sobre el otro. And you sang: ‘Sail to me, sail to me, let me enfold you’. Alice se mece sobre él como la marea, radiante, blanca, temblorosa. El susurra: “Te deseo”. Yo también la deseo. Es difícil no desearla.

Here I am, here I am, waiting to hold you’. El sexo, la piel, torso desnudo de Apolo o de Venus… La sirena de Lost Highway (1997) reclama cuerpo —hace cuerpo— al ritmo de una versión lyncheana —femenina, reverberante, espacial, difusa— de la canción escrita por Larry Beckett e interpretada por Tim Buckley en 1967, «Song to the siren».

En el mismo año de la creación poético-milagrosa, sentado con la cabeza ladeada de pena y sin prácticamente abrir los ojos en ningún momento, Buckley toca la canción para el último episodio The Monkees, una serie creada en 1966 alrededor de una banda ficticia integrada por Micky Dolenz, Michael Nesmith, Peter Tork y Davy Jones. La canción reza: “hice todo lo posible por sonreír” y yo le creo. La escenografía vaticina el desastre: la silueta de Buckley se recorta sobre vidrios estallados. Did I dream you dreamed about me? / Were you hare when I was fox? Presagio de los fragmentos rotos de su propia vida, terminada a los veintiocho años por una sobredosis, o la de su hijo también cantante, Jeff Buckley —el joven que interpretó la versión más bella de Hallelujah jamás oída—, que murió paradójicamente —o quizás no tanto— ahogado a los treinta años en el Mississippi. Now my foolish boat is leaning / Broken lovelorn on your rocks. Tim Buckley, que no puede verse telescópicamente desde el futuro como lo vemos nosotros, sigue cantando, sentado en ese borde, para The Monkees. La afección traspasa la pantalla. Es difícil negarlo. Está en la orilla. Me parece ver a la sirena extendiéndole la mano desde las aguas invisibles que bordean el escenario.

La erótica del abismo

For you sing / Touch me not / Touch me not, come back tomorrow. Eso dijo Ulises, o tal vez lo pensó, antes de pedirle a su tripulación que se tapara con cera los oídos y lo ataran al mástil con los suyos descubiertos para escuchar el prodigio. Mientras los remeros hacen mover las aguas, sordos al canto místico de las sirenas —unos seres para nada acuáticos, sino más bien voladores, con  cuerpo de ave y tetas exuberantes y descubiertas  como  las  de  Patricia Arquette—,  Ulises  accede  al  éxtasis  sonoro  que prometen esas voces femeninas. Es el único de los mortales capaz de escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir, porque es “astuto”, “rico en ardides”, como juran los epítetos que acompañan su nombre. ¿Descubre este acto un triunfo? La petit mort, pero griega. Pienso: la potencia del vacío antes de arrojarse a él es el instante en que el canto me toca, me afecta, me encuerpa y yo me tiro. Si la sirena canta, única e incomparable, y al escucharla accedo al conocimiento de lo misterioso, lo que hay de otro en mí o lo que el otro viene a señalarme de mí ¿por qué permanecer sujeto? ¿es posible pretender que el revés del sexo no sea solo la muerte y el abismo, sino también, y con ello, el Olimpo y sus promesas de felicidad? Oh, my heart, oh my heart / Shies from the sorrow.

Para Georges Bataille el amor y la muerte son movimientos gemelos de pérdida y tragedia. El erotismo busca romper la separación individual —la discontinuidad del yo— para fundirse con otro en un estado límite de vértigo que se equipara al deceso —la muerte, sí, la muerte— y solo halla su verdad absoluta en el colapso del ser —la muerte, de nuevo. Should I stand amid the breakers? / Or should I lie with death, my bride? Pero ese “otro” es siempre Otro, con mayúscula, es decir, monstruoso, alado o marino, que me seduce, me convoca a lo desconocido, me extiende el brazo desde una profundidad que no  conozco  y  yo…  me  aferro  o  me  dejo  caer.  Hacerse  cuerpo,  confundirse entre elementos, metamorfosearse al ritmo del canto maravilloso… Me atrevo a decir: única posición para el ser deseante. Se equivocó Ulises y Lynch tenía razón.

Tim Buckley no se levanta en ningún momento. No se mueve. No se inmuta. Apenas esboza una sonrisa al cantar que, para mí, sigue siendo de pena —dolor dulce. Sigue tocando, con la cara de costado. Se le marca la quijada y los rulos le ofician de espuma. Si tuviera que adornarlo en ese escenario, le pondría caracoles y plantitas de mar. Lo veo acuático, sumergido en las notas que desprende su guitarra —único instrumento que suena, junto a su voz, en el último episodio The Monkees esa noche. I’m as puzzled as the oyster / I’m as troubled at the tide. La voz del navegante y la sirena se mezclan. Él duda sobre el arrojo, ella se lo ruega. Él pide que no lo toque —no todavía—, y ella, que es todo cuerpo, reclama unión. “Deseamos la fusión pero nos damos cuenta del abismo”, escribía Michael Onfray. Petit mort o mikrós thánatos, da igual. Se trata del instante anterior en que todo eso —la carne como materialidad urgente de una posición feliz pero dolorosa  llamada  erotismo  que  apunta  a  la  disolución—  parece  posible.  Ulises  se equivocó.  Se  equivocó.  Quiso  sustraer  el  cuerpo.  Salvaguardar  el  yo.  Como  si  se pudiera…

Tim Buckley lo puso, por demás. Jeff Buckley también —pese a las dramáticas y dudosas circunstancias de su muerte—, cuando el agua decidió taparlo y llevárselo a él y a su voz virtuosa de sirena a las profundidades del río. Hear me sing: / ‘Swim to me / Swim to me, let me enfold you’. No opongo resistencia a que una pieza artística me toque, me afecte, se me encarne o se me encuerpe. Me entrego al riesgo que supone el encuentro con ese fragmento paradigmático. Me revuelco en la arena. Pretendo que la música me ensalive, me irradie y me erotice. Que me deje sin resto. Que me hunda. Que no me saque a flote. Me dejo conmover y atravesar por el sonido. La verdadera experiencia estética requiere desatarse del mástil y permitir que la belleza nos transforme o nos destruya. Here I am / Here I am / Waiting to hold you. Por eso, cada vez que escucho «Song to the siren» detenidamente, lloro.

 

 

Referencias:

Bataille, G. (2015). La felicidad, el erotismo y la literatura: ensayos 1944-1961 (S. Mattoni, trad.; 1.ª ed., 3.ª reimp.). Adriana Hidalgo editora. (Obra original publicada en 1988).

Homero. (2022). Odisea (2.ª ed., L. Segalá y Estalella, trad.). Editorial Losada. Lynch, D. (Director). (1997). Lost Highway [Película]. October Films.

https://lecturassumergidas.com/2022/12/26/jeff-buckley-tragica-la-propia-vida-la- propia-muerte/

https://www.rollingstone.com/music/music-news/tim-buckley-dead-at-28-94675/

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