Ruido: algo como a ciudad, vapor lluvia que se apaga hincando la acuosa rodilla ante la llegada del más poderoso riff de la puta historia. Después la voz distorsionada, el canto horrorizado, el acento en los tiempos fuertes sobre un do menor negro. Dos estrofas preparan nuevamente ese riff que el oído desea volver a sentir dentro, ovuloso. Ralentando, ralentando, los tres acordes de quinta como cañonazos para indicar que inicia cierta extraña carrera: una de vidrios, mil golpes por segundo como en las artes marciales, santa fanfarr(ia)onada. Un saxofón y una guitarra están compitiendo. Aterrizan, tras una descarga de fusilamiento, en el riff que, después de la última estrofa iracunda, es coloreado por una capa nueva de guitarra. Todo bacanal y rencor, el σπαραγμός finaliza: es el primer tema del primer álbum de King Crimson.
Cat’s foot iron claw
Neuro-surgeons scream for more
At paranoia’s poison door
Twenty first century schizoid man.
Aún comemos de la cosecha de aquel 1969: Hot Rats, de Zappa; Stand, de Sly Stone; Abbey Road, de los Beatles, In a Silent de Way de Miles; The Soft Parade, de los Doors; el final de Cream, el inicio de Gal Costa, de Almendra, de Zeppelin y también el de los mercenarios a sueldo de este rey carmesí, convocados al castillo bajo el nombre de In The Court of The Crimson King, novela neobarroca transcurriendo en el sonido, de la que me corresponde hablar del primer capítulo-tema, promesa que traicionaré en favor del todo.
Es a Robert Fripp, científico de la guitarra, aséptico hasta hace relativamente poco (que empezó a hacer tiernas morisquetas virtuales con su esposa, la gran Toyah Wilcox), a Greg Lake, Michael Giles e Ian McDonald que debemos agradecer esta demencia de siete minutos veinte. Obvias resultarán las razones del abrupto salto entre los ensayos en un sótano londinense al show en el gigantesco Hyde Park, donde telonearon a los Rolling Stones y ganaron su lugar en la historia.
La banda tuvo un devenir proteico en formaciones cambiantes y cargamentos de influencias rupturistas (que Stravinsky, que los 80´s, que el industrial de los últimos trabajos) aunque conservando un cordaje limpio en la presencia y la técnica de Fripp. Sea cual sea el disco, los motores nunca son los que hay en el mercado masivo: a la abrasiva pesadez le trenzarán jazz «picante» o del otro extremo del arco, al que diremos «lechoso», más baladas pastoriles, psicodelia pesimista e improntas clásicas gracias al instrumento solista de turno y al melotrón, que encuentra aquí su apogeo. La calidad de ejecución es tan alta que recién con el auge de los drum covers podemos encontrar, en youtube y merced de entusiastas, homenajes apropiados a esta bacanal. Ninguna reversión de alto perfil, ni siquiera la del Príncipe de las Tinieblas, puede con la potencia cruda, mal grabada, de aquellos inconscientes.
A esta maquinaria de subversiones hay que agregarle que, como un instrumentista más, King Crimson incorpora a su personal, a su corte, un poeta: Peter Sinfield (1943-2024).
Blood rack barbed wire
Polititians’ funeral pyre
Innocents raped with napalm fire
Twenty first century schizoid man
La imaginería densa de la obra de Sinfield, heredera de Dylan Thomas y los simbolistas, en el rock progresivo (y más allá de tan pequeño rótulo) solo puede equipararse a la del sufriente y genial goticista Peter Hammill. Si la música incita a metáforas bélicas, no menos lo hace la letra, cuyas esquirlas se clavan en la psiquiatrización del mundo, en la ruleta del terror yanqui (que en aquel entonces le tocó a Vietnam), en la voracidad del poder, en la nadería de nuestros lujos, que Sinfield sabía que ostentaríamos incluso antes de que naciéramos.
Su ahora extinta y (ya para ese entonces) antigualla de página web descifraba los hermetismos del disco, pero como todo buen exégeta, le agregaba aún más túneles: contratemporal, que inicie en el futuro y termine en la corte medieval no es una disposición azarosa; el rey puede empatarse a Zeus Crónida, ubicuo señor del Olimpo, pero también a Federico II Hohentsaufen, el stupor mundi, emperador del Sacro Imperio Romano, polímata excepcional, excomulgado cuádruple; su elemento sería el aire y la mente, en tanto los otros tres discos de la banda bajo su batuta poética constituyen los restantes de la física oculta occidental.
Death seed blind man’s greed
Poets’ starving children bleed
Nothing he’s got he really needs
Twenty first century schizoid man
Quedan algunos ovillos rondando por internet. Sin embargo, el arqueólogo en mí cede bien pronto al pathos del adolescente: desde los catorce años que me truena la vida el rayo este; desde hace diecisiete que la mente me pinta, a cada escucha de esta canción, al mismo gigante nórdico, al mismo jötunn kilométrico: la cabeza igual de roja y agónica como la famosa portada del álbum, irrumpiendo en alguna metrópoli abandonada por la vigilancia de Thor. Debo tener por ahí una hojuela de cuento/impresión/bitácora/excusa sobre las vidas que me insuflan ciertas canciones en una lista de reproducción que incluía a Yupanqui, Fela Kuti y esta reunión de atorrantes que nos convoca.
El álbum es, insisto, un castillo fantástico: tiene torreones, matacanes, murallas. Adentro hay, y cito, «árboles de la extraña telaraña» y «cadenas oxidadas de las lunas-prisiones». Al entrar a él, no encontraremos esto. Primero lo primero: las armas y el lugar a donde apuntan. Una canción de la que no puedo decir solamente “es de mis favoritas”. Todos los que entramos al castillo, o casi todos, ya queremos agarrar una lanza para apostarnos, juramentando para el rey que oficia el sparagmos.
