Confiamos demasiado en la democracia liberal. Tanto como para llegar a esto que estamos viviendo ahora. La prueba del macrismo (¡Macri, basura, vos sos la dictadura!) no fue suficiente para que la izquierda soft se diera cuenta de que, desde los 80 hasta acá, había sentado las bases de un nuevo dispositivo de captura del que participamos todos. Hace poco, en una charla sobre utopía(s), Emiliano Exposto llamó a esto «realismo democrático». Es decir, la ilusión (como en el «realismo capitalista» que teorizó Fisher) de que «no hay alternativa» a lo que vivimos hoy. No importa que los algoritmos y las tecnologías de vigilancia y control operen en las dimensiones más micro de la socialización y de la circulación de la información, produciendo sujetos cognitivamente deteriorados, incapaces de otra cosa que reproducir estímulos digitales, dedicados a gestar y reforzar microfascismos identitarios: seguimos creyendo que la solución es «democrática», «institucional», y que la violencia es esencialmente mala.

Parece que han sido inútiles décadas, incluso siglos, de teorización sobre el Estado, sus aparatos ideológicos, sus orígenes violentos y el proceso de reorganización y refinamiento de los mecanismos de control y dominio desde el siglo XIX hasta acá. Lo mismo respecto de la manera en que se articulan el capital, la ideología, las relaciones de producción y la superestructura. En las discusiones de algunas minorías, parece una ilusión volver a encontrar enunciados como el de Assata Shakur cuando, desde el feminismo negro, dijo que nadie consiguió nunca la libertad «apelando al sentido moral del opresor». Rechazar los valores del opresor no significa militar, de forma unívoca, una «política de la ternura y el cuidado» opuesta a la violencia «viril y masculina», reproduciendo, de manera bastante inútil, un maniqueísmo de disyunción puramente exclusiva. Como si no hiciera falta violencia para defendernos de un psicópata y del abuso estructural y sistémico, y para defender lo que amamos, a quienes amamos y las condiciones básicas de una vida más vivible.

¿Es posible una rebelión «buenista», una movilización que busque el cambio sin recibir el juicio negativo del opresor? ¿Qué perdemos cuando perdemos los dientes y las garras? ¿No se van con ellos también nuestra libido y nuestra vitalidad? Eso que desde hace un par de siglos llamamos «civilización» no es otra cosa que la paulatina desposesión de cualquier fuerza necesaria para la vida, a la que se considera animal, peligrosa y destructiva. El problema principal es que esa desposesión de la violencia no es simétrica. La «civilización» y el capital no renuncian a su capacidad de daño: la concentran en sus instituciones. Disponen de todo cuando quieren: armas, bombas, drones, vigilancia continua, ejércitos. De hecho, en nombre de los valores fundamentales de la libertad de mercado y la propiedad privada, gestionan un estado de guerra permanente que habilita nuevas formas de sometimiento y miseria. Hasta acá, nada nuevo.

Mientras orientamos nuestros deseos a recuperar esa capacidad, sería útil preguntarnos si, cada vez que tengamos la balanza a nuestro favor (si eso existe en el estado actual del capital), vamos a delegar toda nuestra capacidad de conflicto y de lucha en las instituciones. Es decir, si vamos a tercerizar el servicio de sanción. Recuerdo que hace unos años (esto puede ganarme unas buenas puteadas) una profesora de la Facultad de Filosofía y Letras iba a dar un seminario sobre Luce Irigaray. La profesora es, explícitamente (puede verse en sus redes), lo que llamamos TERF. Su postura filosófica era (y es) un realismo materialista que sintetiza en el concepto de «mater/realismo». Cuando se anunció el seminario, la primera respuesta fue denunciar y escrachar. Sobre todo, se le pidió a la institución (a las autoridades académicas) que lo diera de baja, porque la Ley de Identidad de Género no permitía difundir contenidos contrarios a la normativa que sostenía la nueva política identitaria. La respuesta no fue una contraviolencia de ejercicio vital: ir, discutir, pudrir el rancho el día de clase. No: ahora que estaba la ley, bastaba con atenerse fielmente al sistema burocrático y esperar la sanción correspondiente. Nada de entrenar el músculo. Ni bien nuestras demandas se institucionalizan, descansamos en la aplicación de la ley, porque creemos que «ganamos» y que «el bien triunfó».

Ahora bien, es posible confiar (aunque sea ligeramente) en esos consensos cuando son lo suficientemente mayoritarios y no estamos sometidos a polarizaciones extremas, en las que basta un cambio de marea (y un apoyo estratégico de EE. UU.) para que terminemos debatiendo, como si fuera 1949, si la mujer puede votar o si un aborto merece prisión perpetua. Nos olvidamos de que ninguna ley es la hipóstasis de la justicia, sino el resultado de relaciones de poder históricas. Sobre todo, nos olvidamos de que «todo lo sólido se desvanece en el aire». Y ya no sé si queda algo realmente sólido.

Creo (y es algo que vengo sosteniendo hace tiempo) que el período que abarcó el proceso kirchnerista y el gobierno de Alberto Fernández fue, de muchas maneras, el de la caída de las potencias sociales para la lucha, sobre todo por su interés constante en identificarse con «el Estado» o en formar parte de él. Desde los rockeros hasta los agentes culturales, pasando por las minorías. Si el Estado piensa como yo, y yo soy o estoy en el Estado, toda discusión queda esterilizada y toda crítica o protesta se vuelve una forma de autoatentado. Se agradecen los derechos como dádivas (no como resultado de una lucha) y se celebra a los políticos como los únicos capaces de materializar lo que antes solo existía en el plano de las ideas. Ojo: de esto no se salva ni la izquierda trotskista que, habiendo entrado en el juego de la democracia liberal, se mantiene fiel a las normas sociales, salvo honrosas excepciones (el gordo mortero). Los tiempos cambiaron, y los jóvenes criados al calor del kirchnerismo y del tardokirchnerismo sufren un proceso de histéresis: no pueden abandonar el habitus aun cuando ya no hay razones materiales (ni simbólicas, ni nada) para sostenerlo. Es decir, se vuelven conservadores de un mundo que ya no existe (como todo conservador). Entiendo que uno se cansa (sobre todo las comunidades más dañadas) de tener que estar siempre en pie de guerra. Frente al dolor y al cansancio, es muy fácil caer en el deseo de una utopía de «paz perpetua»: sin roce ni fricción, estéril, blanda y habitada solo por sujetos indefensos, como los eloi de La máquina del tiempo. Tarde nos damos cuenta de que, ni bien decidimos descansar, aparecen los morlocks y nos devoran uno a uno sin que podamos hacer nada.

En alguno de los millones de streams que hay hoy en día, Mayra Arena dijo hace poco que el gobierno de Cristina Kirchner había aplicado una política fuertemente neoliberal con las clases populares. Quizá sin saberlo, su hipótesis coincide (o al menos puede leerse en diálogo) con La gorra coronada, del colectivo Juguetes Perdidos. ¿Cómo se llega a «la vida mula», al endeudamiento, a la lucha de todos contra todos, si no es a través de una política que nos identifica, antes que nada, como consumidores? Se pasa de «el trabajo dignifica» y la transversal de clase a «el consumo dignifica» y la transversal del mercado. En ese sentido, el consumo es un buen domesticador social. Basta creer en la promesa transitoria de poder comprar algo para pensar que la calidad de vida mejoró. Eso implica que la palanca del estímulo al consumo y de la transferencia directa de recursos a las clases bajas, lejos de empoderarlas, las vuelve rehenes de una lógica que cualquier gobierno puede aprovechar. Incluso uno como el de Milei, que no solo multiplicó los planes sociales, sino que mantuvo los montos actualizados o por encima de la inflación. Podemos hipotetizar que esa es la razón por la cual, en un contexto de recesión y desempleo, los sectores más vulnerables no estallaron. La política del látigo y la billetera.

¿Cómo empoderar a los sectores populares y a las minorías? Quizá haga falta «continuar con la pregunta» en lugar de clausurarla por comodidad. Posiblemente esas formas de empoderamiento atenten contra los intereses de una manera particular de ejercer el poder, porque implican, entre otras cosas, sostener su autonomía y su capacidad de respuesta, y no obligarlos a coincidir con el Estado como destino último y fatal. Pese a mi tradición ¿peronista?, cada vez entiendo más las críticas que la izquierda más radical les hizo a los líderes del ciclo latinoamericanista: no haber profundizado realmente en políticas «de izquierda». Hubo demasiada confianza en el Estado y en la democracia, y un sometimiento excesivo de la realidad social a formas del mercado que hicieron posible la axiomatización de casi todos los «devenires revolucionarios», que quedaron moldeables y dependientes del poder de turno. Es decir, dóciles.

Hace poco, uno de los periodistas de Gelatina (no recuerdo bien el nombre) advirtió que era peligroso condenar de plano cualquier tipo de violencia. Este tipo de declaraciones (y otras, como la de Iván Schargrodsky cuando dijo que los chinos «no tienen el problema de la democracia») muestran el cambio de hegemonía que se está produciendo. Es un cambio que lleva tiempo gestándose en Occidente, y del cual Trump, Milei, Bolsonaro, Vox y Kast son tan hijos como la Revolución de las boinas en el Sahel. Capitalismo y libertad, decía Žižek, hace rato que no van de la mano. Y la democracia liberal parece ser, cuando no un instrumento, un obstáculo para la instauración de un totalitarismo de mercado. Aunque el movimiento no va en una sola dirección. Traoré, que llegó al poder en Burkina Faso mediante un golpe de Estado, disolvió hace poco todos los partidos políticos. En cuatro años logró nacionalizar de forma efectiva recursos estratégicos, producir alimentos y refinar oro, llevar energía eléctrica y salud a lugares remotos, construir y asfaltar rutas, y levantar universidades, centros de investigación y anfiteatros. Al mismo tiempo, siguiendo los pasos de Thomas Sankara, promueve la igualdad de las mujeres y les brinda formación y entrenamiento para su defensa personal, lidera la alianza regional del Sahel y combate a ISIS recuperando territorios que habían conquistado terroristas islámicos (financiados por Europa y EE. UU.).

¿Para qué todo este extenso prólogo? Para decir, como creo que ya dije otras veces, que nuestra situación actual, nuestra falta de potencia resolutiva, es producto no solo de este gobierno (el estrés, la ansiedad, el cansancio, los mil trabajos, la represión), sino también de los anteriores: de las condiciones que hicieron posible una subjetividad que puede ser vapuleada una, dos, cien veces sin poder responder. A esto se suman, como no podía ser de otra manera, las organizaciones políticas y los sindicatos, siempre más pendientes del cálculo que de la audacia. Cálculos hechos con una lógica algorítmica de «lo probable», sin ningún deseo de producir «lo posible». ¿Huelga general? No está dada la correlación de fuerzas. ¿Toma de un ministerio? No está dada la correlación de fuerzas. ¿Paro por tiempo indeterminado? No está dada la correlación de fuerzas. ¿Paralizar la ciudad distribuyendo las protestas y la acción directa por todos sus puntos clave? No está dada la correlación de fuerzas. Compran y venden el discurso de la omnipotencia represiva del sistema. Por suerte, los jóvenes de Francia, Albania, Italia y Alemania (sí, los «civilizados», los exportadores de la «civilización») demuestran, una vez más, que es posible oponerse de manera eficaz a los aparatos represivos del Estado. Para eso hace falta estar organizado, dejar de depender del amparo mesiánico del líder y partir del imperativo de defender no la dignidad propia, sino la de una clase social: los trabajadores (que son, a su vez, estudiantes, mujeres, racializados, jubilados y disidencias). Esos jóvenes (y no tan jóvenes, según la región) supieron construir un tiempo de la revuelta, un tiempo dentro del tiempo: zonas temporalmente autónomas, cadenas de suministro y de cuidado, logística, sistemas de comunicación. Abandonaron la triste soledad de sus habitaciones con olor a derrota para revitalizarse en el contacto con los otros. Dejaron atrás el pensamiento miserable de la autopreservación del «último hombre» para preservar la vida de los otros, la de su comunidad, la de su clase.

Veo ahí una imagen de vitalidad muy distinta de la que observo acá cuando termina una marcha, por cansancio o por represión, y cada uno vuelve a su casa solo o, a lo sumo, con un amigo, cabizbajo, a lamentarse entre cuatro paredes de «no haber conseguido nada». Imposible construir así una violencia superadora, feliz, capaz de defender lo que amamos. No atinan a pensar (ni siquiera se les cruza por la cabeza) lo potente que puede ser, en lugar de irse, quedarse en algún lugar hasta que dé el cuerpo, tomando, fumando y discutiendo. Están cansados. Porque abandonaron la violencia, porque ya no se preguntan qué puede un cuerpo (más allá del eslogan), porque no pueden apropiarse de los espacios para inyectarles una vida nueva. ¿Qué importa madrugar, no haber dormido, desfallecer de cansancio un día, si en un par de horas es posible ganar una semana dentro del tiempo, en ideas, en amores, en un shot de promesas que nos permite pensar que otra-forma-de-vida es posible?

Si se prefiere otro nombre, podemos llamar a este fenómeno «castración». Física, química, psicológica. Castración de todas las formas peligrosas del deseo y de la pasión. Una forma de vida higiénica, triste, apática, ensimismada. El miedo al daño y al dolor como faro; transar con la policía (en cualquiera de sus formas) por miedo.

¿Defender la ternura? Sí, pero con uñas y dientes.

Propiciar el encuentro.

Enojarse, pelear, discutir, recuperar el músculo.

Abandonar la fe idiota en una salvación que nunca propiciamos nosotros.

Recuperar la violencia.

No delegarla, no tercerizarla: organizarla.

Ahora bien: organizar esa fuerza no quiere decir entregarse al martirio ni al fetiche del choque frontal contra los escudos policiales en una plaza vacía. Eso es jugar en la cancha que eligió el enemigo, con sus reglas y con sus armas. Ya lo dijeron Tiqqun y, después, el Comité Invisible (en La insurrección que viene y en A nuestros amigos): el poder ya no vive, principalmente, en el Congreso ni en la Casa Rosada. El poder es logístico. Gobierna flujos: mercancías, datos, energía, cuerpos que tienen que circular sin pausa, bajo el mandato del just-in-time. Si eso es así, la alternativa a la sumisión institucional no es estrellarse contra la capacidad represiva del Estado, sino interrumpir la circulación de la que vive. Y la interrupción (el bloqueo, el piquete, el sabotaje en el viejo sentido sindical de trabar la máquina) no tiene nada que ver con la caricatura del terrorismo ciego ni con el heroísmo de vanguardia. Es, antes que nada, un saber: entender cómo funciona la máquina y dónde se traba. Lo que el operaísmo llamaba «investigación militante», aplicada ahora al territorio por donde circula el capital. Pegar donde duele, con el menor desgaste y el mayor efecto.

Ahí aparece lo que estos colectivos llaman «potencia destituyente»: no tomar el Estado para administrar sus ruinas, sino volver inoperantes sus dispositivos. Pero ninguna interrupción dura si no inventamos, al mismo tiempo, nuestra propia logística. Si el bloqueo abre un paréntesis en la normalidad metropolitana (un tiempo dentro del tiempo, como el de esos jóvenes de allá), es para que en esa brecha crezcan las comunas: ollas, guardias de salud, redes de comunicación, resguardo mutuo. Todo eso que el capital nos vende, y con lo que nos disciplina a través de la dependencia y el consumo, organizado fuera de la forma-mercado. Así se desarma la falsa disyuntiva entre el pacifismo bienpensante de la izquierda dócil y la violencia reactiva de la barricada de siempre. Ni ternura desarmada ni furia que se agota en una tarde: músculo. La capacidad de golpear donde le duele al capital y, en el mismo gesto, construir las condiciones materiales de una forma de vida que ya no pida permiso para existir.

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